La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado que estamos ante una epidemia mundial de obesidad que afecta por igual tanto a países industrializados como también a países subdesarrollados y muy pobres. A la vez, la OMS reporta que el 30% de la población mundial se mantiene desnutrida. Panamá no escapa de esta realidad; aquí el hambre y las enfermedades infecciosas comparten el mismo espacio. Evidentemente, esta situación pone una carga doble sobre nuestro sistema de salud.
El obeso rico es muy distinto al obeso pobre. La calidad nutritiva de los productos que consume puede o no ser buena, pero él o ella tienen opciones y la capacidad de elegir cuándo, qué y cuánto desea comer. Aunado al exceso en consumo de calorías, usualmente hay una falta de actividad física y pobre manejo del estrés. El resultado es un individuo que en sí es una bomba de tiempo para el desarrollo de diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular, cáncer y otras enfermedades crónicas.
Comparativamente, el obeso pobre es frecuentemente un individuo que vive con incertidumbre sobre qué o cuándo será su próxima comida. Por lo tanto, cuando tiene alimentos disponibles, exagera en el consumo de los mismos. Frecuentemente tiene muy pocos recursos para elegir los mejores productos y por lo tanto consume productos de muy baja calidad nutritiva, altamente procesados, grasosos, salados y altos en azúcares refinadas. Aunque el obeso pobre es propenso a desarrollar las mismas enfermedades crónicas del obeso rico, también es víctima de infecciones y otras enfermedades por deficiencia de micronutrientes.
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