La angustia se define como una intranquilidad o ansiedad ante un peligro o una adversidad, acompañada de un sufrimiento intenso. La angustia es una reacción profunda en el ser con manifestaciones físicas a situaciones o causas que realmente no tienen por qué provocar esa reacción.
El ser humano, en realidad, es muy flexible y tiene una gran capacidad – incluso mayor de lo que él cree – para soportar problemas. Puede ser golpeado de muchas maneras por la vida y permanecer en pie ante cualquier circunstancia, si tiene razones profundas por las que vivir y morir. Si una persona encuentra razones concretas por qué vivir y luchar, puede experimentar, soportar y aguantar toda clase de sufrimientos y dolores, más allá quizás de ciertos parámetros establecidos y permanecer firme para superar las situaciones en las que se encuentra.
Cuando el ser humano está desorientado, no tiene claro por qué existe o padece; no tiene metas definidas ni encuentra sentido a su vida y sufre sin saber por qué. En ese estado, lo ataca fácilmente miedos irracionales y toda su energía vital, su fuerza interna profunda – que en sí es positiva y buena, porque viene de Dios – se diluye y se diversifica y la persona no puede gobernar su propio ser. Si una persona es incapaz de dominarse, su cuerpo es invadido por energía negativa, descontrolada y desequilibrada que ataca sus órganos vitales y los destruyen. Sus fuerzas internas descontroladas se convierten en negativas y puede aniquilarlo poco a poco.
Cuando la persona no tiene razones profundas por las que vivir ni causas por las que sufrir y se encuentra alejado de Dios, su capacidad de resistir se limita muchísimo más, puede quebrarse fácilmente y de allí viene la angustia. La angustia proviene, pues, de una agitación interior.
Esa es la razón por la que las personas se enferman tanto, padecen mucho más de lo que tendrían que padecer físicamente y ciertamente se desgastan por el mal uso de la energía positiva interna que Dios les ha dado.
En la vida espiritual existe una ley: “A más fe, menos miedo”. Si Dios está con usted, ¿quién puede estar en contra? Deposite toda su fe y confianza plenamente en el Señor, porque con Él, usted es ¡INVENCIBLE!