CUARTILLAS
Responsables

Milcíades A. Ortiz Jr.
Eran tres hombres jóvenes,
de menos de treinta años, que andaban deambulando por los pasillos
de la Universidad, buscando ayuda económica.
Eso está prohibido dentro de la "U", y no sé
cómo llegaron desde las tierras altas de Chiriquí a la capital.
Pertenecían a un grupo religioso encargado de la rehabilitación
de drogadictos.
Con amabilidad me explicaron sus deseos, y yo pensé unos segundos
antes de autorizar que entraran al salón de clases y hablaran con
estudiantes de Periodismo de segundo año.
Lo que me convenció fue que ellos eran ejemplos de carne y hueso,
de lo que es o ha sido un drogadicto. Resulta que tengo semanas de estar
promoviendo seminarios y campañas contra las drogas en la "U",
y creí que sería adecuado aprovechar la oportunidad de conversar
con quienes habían caído en el vicio de las drogas.
Expliqué esto a los tres caballeros y al aceptar el "trato"
hablaron a los estudiantes y recogieron algunas contribuciones económicas.
Entonces les pedí que nos conversaran sobre cómo habían
caído en las garras de las drogas y sobre todo, el por qué
de ese mal proceder.
Uno le echó la culpa a que sus padres se separaron cuando era
niño. Otro habló de que no le daban atención siendo
niño. Y también culparon al barrio, a la llamada "presión
de grupo" de los malos amigos y cosas parecida.
Entonces ocurrió algo interesante: una joven que habla poco regularmente
en clases, pidió la palabra y molesta dijo que sus padres se habían
separado cuando era niña... y ella no es drogadicta! Otro joven indicó
que sus padres no lo atendieron debidamente... y no había caído
en las drogas!
No faltó quien indicó que vivía en un barrio lleno
de maleantes, y no se había dejado seducir por la "presión
del grupo" y no consumía drogas.
Los tres jóvenes en rehabilitación quedaron helados ante
las palabras de los estudiantes. Y tuvieron que aceptar que ellos mismos
fueron los responsables de caer en el vicio de las drogas, porque quisieron
buscar no enfrentar la situación en que vivían.
Esto sirvió para aliviar la tensión que habían provocado
las excusas dadas por los antiguos drogadictos, y que los futuros periodistas
no aceptaron como válidas ni verdaderas. Mis alumnos se pusieron
de ejemplo de que es la debilidad de la persona, la que lo hace caer en
las drogas. No la falta de padres, atención familiar o el mal barrio
donde viven.
Yo quedé satisfecho con esa salón porque comprendí
que cuando sean periodistas, no aceptarán de buenas a primeras, cualquier
cuento que le echen quienes quieren ocultar su propia responsabilidad, ante
cualquier cosa mal hecha.
Ello es así, porque siempre me pregunto dónde está
la diferencia entre un joven drogadicto y otro que no lo es, cuando ambos
han tenido los mismos problemas? Tal vez la respuesta se ubique en lo se
llama "auto-estima", o sea quererse a uno mismo.
Es fácil echarle la culpa de la drogadicción a otros, como
sería la falta de padres y la sociedad corrupta. Sin embargo, si
el niño o joven tiene una fuerte personalidad, si posee muy hondo
los valores cívicos y morales, y es optimista respecto al futuro,
no se dejará arrastrar por el vicio de las drogas.
Pienso que hay que insistir en este aspecto, en las llamadas campañas
de prevención. En lugar de poner a un drogadicto para inspirar lástima,
hay que usar la figura de un joven existoso como ejemplo que debe seguir
la juventud panameña.
"Fulanito no cayó en las drogas, a pesar de no tener padres,
vivir en un barrio popular y ser pobre", sería un buen lema
para orientar a nuestra juventud a alejarse de las drogas. Al menos, así
pienso yo.
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