A ORILLAS DEL RIO LA VILLA
Corta de Arroz
Santos Herrera
En casi todas las casas del
pueblo se observa en las últimas semanas de noviembre los preparativos
característicos que anteceden al viaje a las riberas del río
Santa María, a cortar las espigas doradas de arroz, que meses atrás
fue transplantado y cuidado con responsabilidad y cariño. En sacos
de henequén llevaban la corteza de la malva, nonito o del zapote,
que anticipadamente habían seleccionado para amarrar las manotadas
de arroz, la afilada "máquina" para cortar las espigas,
el bastimento para la semana, mosquitero, estera, guariche y demás
chécheres indispensables, que suavizaban en algo las penurias y angustias
en los trabajadores de Santa María.
Tenían que estar temprano en el bajadero del río Parita,
para salir de inmediato en sus canoas, aprovechando la vaciante o la repunta
a fin de llegar a la boca del río Santa María con la creciente
y así utilizar la corriente e iniciar la marcha río arriba
con cierta ventaja. La travesía de una desembocadura a la otra tomaba
de seis a ocho horas, según el tamaño de la canoa, porque
esto determinaba la cantidad de canaletes que podían llevar y fluctuaban
en uno, dos o tres, que junto con el remo, constituían la fuerza
humana que empujaba la embarcación. Cuando navegaban en el mar y
soplaba norte o virazón, usaban pequeñas velas que les brindaban
alguna fuerza de impulso. Si había un año bueno, todos estos
esfuerzos eran recompensados con creces, cuando se llegaba al arrozal maduro,
presto a cortarlo y contemplar su mata con las espigas bañadas por
el oro del sol y acariciadas por el viento. Qué hermoso himno en
honor a la constancia, a la fe, al trabajo y a la vida!
Sin embargo, cuando había sequía y el río Santa
María no podía detener la furia de los grandes aguajes, que
como una serpiente se iba introduciendo en las sementeras con su lengua
de fuego y sal, todo se marchitaba y los jorones desaparecían de
los rincones de las casas. Cuando esto sucedía, en muchos hogares
del pueblo, niños, hombres y mujeres, se acostaban con el estómago
vacío y el canto agorero de la lechuza llenaba los sueños
de terribles pesadillas, en donde los esqueletos del hambre y la miseria,
danzaban ritmos diabólicos.
Aquellos tiempos eran difíciles. Con el más crudo dramatismo,
lo encontramos en lo que le sucedió a Lucía Díaz. Ella
estaba en el mes de dar a luz y se fue con su esposo Juan de Dios Castillo
a la corta de arroz. De repente, le llegaron los dolores que anteceden al
parto, y estando sola comenzó a gritar. Por suerte, su compañero
la escuchó y al llegar al rancho, la mujer paría su primer
hijo y al desesperado marido no le quedó sembradíos, cortarle
el cordón umbilical y atenderla en el alumbramiento. En esas precarias
condiciones nació el hijo mayor de este trabajador matrimonio, que
como muchos otros, aportaron sus sacrificios para hacer que el pueblo alcanzara
el desarrollo y progreso que hoy ostenta.

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| AYER GRAFICO |
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"Luminton" |


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