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EDITORIAL
Asesinato en Samaria y falta de Soberanía
Celso Keni Asprilla Ceballos tenía 17 años. El domingo tres maleantes lo interceptaron cerca de su casa en Samaria y le metieron diez tiros con un fusil AK-47. Todos en el pecho. Las versiones que giraron en torno a este caso hablan del cobro, con la vida, de una "deuda pendiente" que tenía con la banda de "Los Millonarios". El tema llegó a las portadas de algunos periódicos, incluyendo el nuestro, pero nada más. Este crimen no levantó el polvorín que, por ejemplo, provocó el secuestro de Ashok Nadwani, el robo de los helicópteros o de un banco, o los asesinatos hace tiempo ya, de conspicuos empresarios. Pasó desapercibido porque se trata de un muchacho pobre más, de esos que hay muchos en los arrabales, vendiendo su vida al mejor postor, que casi siempre es el demonio de las drogas. Pero el asunto no debe quedar bajo el tapete. Basta ya de silencio, y de pensar que no está mal que estos bandoleros se maten entre ellos. Cada uno de estos muchachos muertos debe aparecer como lo que realmente es: un aldabonazo a la conciencia nacional, que parece anestesiada después de tanta sangre juvenil derramada en los barrios marginados. Y hay que ponerle cuidado porque lo que está en peligro no es sólo la vida de estos chicos, sino la paz social y nuestra independencia como país. El hampa está saboteando con su raudal de violencia la democracia. Si no se toman las previsiones necesarias, la sociedad -acosada por la desesperación y los gritos de auxilio- puede tomar las decisiones inadecuadas y cerrar para siempre las puertas de la tranquilidad, la reconciliación y el progreso. Hay que hacerlo, y pronto, antes que los nefastos augurios que trae consigo el narcotráfico terminen por destruirnos a todos. Y conviene hacerlo ya, para que la escoria deje de ser la que marque el rumbo. Porque así está siendo: son los gamberros, disociadores y violentos, quienes influyen en las políticas de Estado en materia de seguridad y los planes de prevención; al tiempo que envenenan el diario vivir y van dejando patidifusas a las autoridades. Es hora de erradicar -a sangre y fuego- las bandas del terruño patrio. Eso sería una clara práctica de nacionalismo y soberanía. Quedarse con los brazos cruzados no es más que un crimen de lesa humanidad y traición a la Patria. Así como lo sería seguir lloriqueando por la falta de recursos. No se hable más de mano dura, sin acción. Aprieten el puño señores, hasta que se ahoguen y estallen en mil pedazos los ladrones, asesinos y narcotraficantes. Hay que acabar con esta violencia. Por los jóvenes que merecen un mejor país. Por Panamá y su Bandera.
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PUNTO CRITICO |
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