CUARTLLAS
Difuntos

Milcíades A. Ortiz Jr.

Cada vez que miraba la vieja tumba imaginaba cómo fue en vida el abuelo. Por amarillentas fotos lo vi alto, con un enorme bigote con puntas hacia arriba

 

"Vamos a visitar al abuelo", decía mi padre con solemnidad cada dos de noviembre, hace muchos años atrás, cuando era niño.

Nunca conocí a ninguno de mis abuelos, pero el de parte de mamá estaba en el Cementerio Amador, en un sitio de la asociación italiana.

Y una vez al año, para el llamado "Día de los Difuntos", la familia lo visitaba temprano en la mañana. Uno de los tíos se había encargado días antes de haber mandado a "arreglar" la tumba. El costo se distribuía entre varios, o uno lo asumía como contribución a la memoria del padre fallecido hace años...mi abuelo.

Cada vez que miraba la vieja tumba imaginaba cómo fue en vida el abuelo. Por amarillentas fotos lo vi alto, con un enorme bigote con puntas hacia arriba (¿cómo podían mantenerlas así?, me preguntaba). Ostentaba el abuelo una mediana barriga, que decían era característica de los italianos.

(Parece que yo heredé en parte esa barriga, que es difícil de bajar con dietas y ejercicios).

El día de los difuntos nos encontrábamos la familia alrededor de la tumba del abuelo. Veía por primera vez en un año a varios de mis primos, y aprovechábamos la oportunidad para conversar un rato. Nuestros padres -los tíos-, también conversaban e intercambiaban noticias ocurridas meses antes.

Aprovechaba la madre para contarnos por mil y una vez, cómo era el abuelo, y lamentarse de que no lo hayamos conocido. El Cementerio estaba lleno de personas, de trabajadores presurosos que iban de un lado para otro arreglando tumbas, para ganarse "un camarón" de última hora.

Recuerdo los enormes árboles y palmeras; las tumbas recién pintadas sin mucho arte, las flores naturales y artificiales que luego desaparecían en la tarde para ser vendidas a otros dolientes, y el trinar de pájaros. Más a lo lejos, con su cara tenebrosa, se vislumbraba la cárcel Modelo, con su carga de maleantes que pagaban penas a la sociedad por sus delitos.

Luego de visitar la tumba del abuelo, siempre se iba a la de uno de sus hijos fallecidos prematuramente. Con los años, esas visitas "extras" aumentaron, y algunas tenían que hacerse al Cementerio de Juan Díaz. La familia fue disminuyendo por obra y gracias de los años, y algunos visitantes del abuelo fueron a hacerle compañía al "más allá".

Este Día de Difuntos no podré visitar la tumba del abuelo porque ya lo sacaron del sitio donde se encontraba, y pusieron sus huesos en otro que casi nadie conoce. Tampoco hay muchos ánimos para ir, porque existen problemas de estacionamiento, peligro de asaltos, tranques en las calles y otras incomodidades, que en mi niñez no habían, o al menos no eran obstáculos para cumplir con la obligación de visitar al abuelo.

Ahora no sólo debo recordar a mi abuelo, sino a tíos y primos que ya no viven. Este día se me hace desagradable porque a ellos sí los conocí en vida, y compartí momentos agradables que volverán en este día, como dardos dolorosos a pinchar mi conciencia humana.

Y como ahora no soy un chiquillo, sino una persona con sus buenos años encima, estoy pensando en cómo será "lo que hay en el otro lado", dónde reposarán algún día mis restos, lo visitarán las hijas y nietos, y otras cosas por el estilo.

Por suerte, con mi abuelo y resto de la familia, no se ha cumplido la frase de "que sólo se quedan los muertos". Siempre están en mi memoria y surgen con brillo en este día de difuntos.

Pienso que eso mismo ocurrirá con otros panameños en esta fecha. Con el tiempo, se van olvidando las cosas negativas que tuvieron los familiares fallecidos, y perduran en el recuerdo las positivas que adornaron su existencia terrenal. Y si es cierto que "hay vida después de la vida", algún día conoceré al abuelo que visitaba en su tumba cuando era niño.

 

 



 

 

 


 

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