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Primero fue un golpe que recibió en la nuca. Todavía no sabe quién se lo pegó. Después una indigestión fulminante, tras de comer una ensalada. Después fueron dos balazos que dejaron hoyitos en el parabrisas de su auto y que no le dieron en la cabeza apenas por centímetros. Después fue un radiorreceptor eléctrico que cayó en su tina cuando se bañaba.
Por fin Eduardo Rockwell, residente de Michigan, decidió dar parte a la policía. Hecha una investigación, se halló que quien trataba de eliminarlo era su esposa, Sharon, con la ayuda de sus dos hijos y dos amigos de ellos. "Simple conspiración familiar", informó el jefe de detectives. Todo lo que dice la noticia es que una conspiración familiar, encabezada por la señora, trató por diversos medios de eliminar del mundo de los vivos a Eduardo Rockwell.
Lo que no explica es la razón para que la señora tratara de liquidarlo. ¿Qué carácter tenía ese hombre? ¿Qué trato le daba a la familia? ¿Era irascible, violento, injusto, tacaño, infiel? Quizás el hombre tenía algo de todo eso, y la esposa, harta de él, tramó la conspiración.
¿De dónde vienen los pleitos familiares? Ninguna pareja que se encuentra ante el ministro, declarando sus votos de amor el uno al otro, piensa que esa sagrada unión pueda terminar en un pleito. ¿Qué ocurrió después de esos votos? ¿Qué quebrantó la armonía en el hogar? ¿De dónde viene toda esa disensión?
Cuando Dios, el autor de la vida, el creador de todo lo que existe, no está en nuestro hogar, entonces nosotros mismos nos convertimos en dioses y, sin responder a nadie más que a nuestros propios caprichos egoístas, creemos poder traer armonía y paz a un hogar. Eso es imposible.
Nadie desea la confusión, nadie busca voluntariamente los pleitos en el hogar; pero esas cosas se producen cuando queremos dirigir solos nuestra casa.
El salmista David dijo: "Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles" (Salmo 127:1). Hagamos de Jesucristo el huésped invisible de nuestro hogar. Démosle entrada en nuestro corazón. En ese momento comenzará la paz que fue el sueño de aquellos primeros votos. |