La ciudad de Colón es como un barril de pólvora. En las últimas semanas 16 miembros de pandillas han sido asesinados. Las autoridades capturan a los sospechosos de los homicidios, pero al cabo de algunos días éstos vuelven a las calles.
Los maleantes han llegado hasta amenazar con un baño de sangre durante las fiestas patrias. Se hace necesario un gran operativo para sacar de sus guaridas a esos delincuentes para ponerlos a buen recaudo.
La gente decente de Colón no puede permitir que una minoría de jovencitos matones ponga en peligro a toda una sociedad.
Ya hasta los niños de primarias son perseguidos por los pandilleros, por el simple hecho de residir en una zona donde también vive una pandilla rival.
Esa juventud descarriada debe buscar una transformación. La Iglesia, los clubes deportivos y sobre todo los padres de esos pandilleros, tienen que unir esfuerzos para rescatarlos.
Que las pandillas se transformen en equipos de diversos deportes y en grupos musicales, para promover así una competencia en esos renglones que las otras bandas de la ciudad.
Es triste visitar Colón y observar a un ejército de jóvenes parados en la esquina sin hacer nada, mientras las áreas donde residen reflejan un panorama deprimente.
Colón es una joya arquitectónica, pero la suciedad y el poco importa de un gran sector de la población, la han hecho perder el calificativo de tacita de oro de la que gozó por mejores tiempos.
En la provincia hay gente bien intencionada con ganas de mejorar a Colón, pero su esfuerzo se estrella muchas veces con el poco importa de un número considerable de colonenses. ¡Quieran a su tierra, por favor!.