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Con mucho esfuerzo, logró levantar a su familia y ahora que lo había logrado y se disponía a disfrutar de la compañía de sus hijos, fue asesinado.  |
El dolor desgarrador de la familia del asesinado comerciante Lan Wan Wong contagiaba a todos los que asistieron ayer a sus honras fúnebres, en la ciudad de Colón.
Su esposa Xiu y sus hijos Catherine, de 7 años; Katrina, 8; Karina, de 12; y Karlitos, de 6, junto a su madre Xiu, se despedían de su padre que yacía en un frío ataúd.
¿Qué hace papi acostado así?, preguntaba Karlitos, el más pequeño de sus hijos.
Lan apenas comenzaba a disfrutar un poco de su buena suerte en el pequeño negocio de su propiedad, pero la madrugada fatal de ese 15 de octubre, la delincuencia le arrebató su vida y con ella se fueron los sueños del hombre que no pedía lujos, sino vivir con su familia, tener un techo, comida y facilitar los estudios de sus hijos.
Tenía unos 20 años de vivir en Colón. Al principio Lan trabajaba en una tiendita; con los ahorros y la ayuda de sus paisanos pudo comprar la Bodega Festival, a la que le cambió el nombre por Karina, que era su hija mayor.
Brenda de Willians, una colonense amiga, comadre y vecina de los chinitos, dijo que con mucho trabajo el comerciante ahorró lo poco que tenía para traer hace dos años, a sus cuatro hijos de la China. "Tenía sueños de educarlos, porque nunca pudo estar con ellos por su mala situación económica, ahora al traerlos le quitaron a su padre".
Los hijos de Lan, desde que habían nacido, vivían con familiares en la China, porque lo que ganaba en el negocio no les alcanzaba para mantenerlo.
"No puede sel, no entiendo polqué esos maleantes le dispalalon a Rogelio (así le llamaban), qué colazón pueden tener si nosotlos solo ganábamos para comer, nunca tuvimos dinelo, si ellos quelían dinelo pues llévatelo pelo polqué matan a mi esposo", decía en mal español Xiu, a la que todos llaman Mimi.
La señora desconsolada denunciaba que la seguridad no hizo nada para defenderlo, "donde están los policías, solo paga y paga, nadie lo cuidó" decía la mujer.
La iglesia San José Paulino estuvo llena de muchos amigos, jugadores de dominó que recordaban con cariño al chino que compartía con el club y sabía llevarse bien con todos. |