|
Sí, escribiré sobre ti, Arcadio Camaño, geniecillo del sombrero a la pedrá. El miércoles, un diablo rojo se le cruzó en el camino, y le rompió varios huesos. Camaño venía de una cantadera con Ariosto Nieto y la joven Sixta Córdoba. Eran las once de la noche. Según sabemos, el bus pegó del lado donde venía Camaño. El saldo: la mandíbula y varias costillas quebradas, una de las cuales ¡pluf! se le clavó en un pulmón.
El viernes nos enteramos en la redacción que lo pasaron a una sala porque estaba fuera de peligro, aunque seguía con la sonda, y la quijada tardaría en sanar. Él, que bebe poco -"porque eso daña las cuerdas vocales", según dice-, permanece sedado; si no, el dolor no lo dejaría estar sobre el Planeta.
Las noticias sobre Sixta no son tan alentadoras: permanece en cuidados intensivos. Acá rezamos. Hace más o menos dos años recomendaron a Arcadio para que escribiera sobre cantaderas en el suplemento "Nuestra Tierra". Nos dijeron que era el adecuado por tres razones: canta, compone y no sabe quedar mal.
Así empezó entre él y yo una relación de trabajo intensa. Cada semana cruzaba el umbral del periódico metido debajo del crudo sombrero (debe estar incómodo en el hospital, porque para él, el sombrero es como una mano, la nariz, o una oreja), siempre con la décima de la semana entre las manos.
Me di cuenta pronto que es de esos que le hace a sus amigos "pedacitos de pan fresco en el horno de su corazón". Sin tregua permitió que lo fuera conociendo: recto, estudioso de su arte, voluntarioso, tenaz, soñador, puntual y esclavo de la poesía. De él, Borges diría lo mismo que de Gracián, que en el alma tiene "un vano herbario de metáforas y argucias". Le cantó a las hembras, a los perros, al zapato, a los viejos, al poema mismo, a la vida.
Si alguna vez lo vi triste, fue por sus colegas los cantores de décimas. Camaño dice que hay que profesionalizar la cantadera, elevarla, sacarla del rincón oscuro donde el incumplimiento y la falsa promesa la han metido, para treparla en el pedestal que puede compartir con el cante jondo, el repentismo cubano, el LeLoLai, y el verso del payador suramericano.
A España fue a parar con sus cantos e improvisaciones. Allá se reunió con los mejores compositores y cantores. Regresó contento, forrado de fotos y consignas. Según creo que dijo, logró que en unos años la sede de este encuentro de poetas y músicos populares sea en Panamá. "Vaya, vaya", me dije: "Arcadio de autodidacta a promotor y estrella internacional".
Ahora está tirado en una cama de hospital, con la mandíbula rota (esa, que no podrá usar como bisagra de su canto en un tiempo), y diciendo con César Vallejo eso de "todos mis huesos son ajenos". Pero no nos preocupamos mucho, porque sabemos -como dice el locutor y amigo Eduardo Barrios- que la mata de ortiga macho, nunca muere. ¡Un abrazo, Arcadio, aunque te duelan las costillas! |