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Recuerdos

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Milciades A. Ortiz Jr.
Colaborador

A mí me tocó manejar en el aspecto noticioso, como periodista, el caso de la desaparición del padre Héctor Gallego. Por eso, cuando aparecen huesos en el ex cuartel de Tocumen y vuelve "al tapete" este asesinato, no puedo dejar de tener recuerdos de lo ocurrido.

El jefe se había ido y yo ejercía el flamante cargo de "director encargado" del noticiero más importante de aquella época. No se me pagaba un real extra, ni siquiera aparecía mi nombre en los créditos, pero hacía mis obligaciones directivas con entusiasmo y responsabilidad.

En la redacción se recibió una llamada sobre que el pueblo de Santa Fe estaba "revuelto" por la desaparición de un cura". En esa época no existía en el periodismo tanto adelanto tecnológico en comunicaciones. Tampoco había corresponsales en sitios estratégicos del interior del país.

Pero resulta que días antes había enviado una reportera a "buscar noticias del interior, de Azuero especialmente, donde "también hay gente que ve nuestras noticias". Quería de esa manera romper el círculo vicioso de puras noticias de la capital, donde se entrevistaban a uno o dos personajes del gobierno a cada momento (creo que esa realidad no ha cambiado casi treinta años después, en ciertos medios periodísticos).

Por teléfono se pudo localizar a nuestro enviado al interior y le pedí que se trasladara de Chitré a Santa Fe, para "averiguar" eso de la desaparición de un sacerdote. La persona se negó diciendo "a quién le va a importar la desaparición de un cura de pueblo".

Comprendo que era engorroso viajar por auto, sin aire acondicionado, de Chitré a Santa Fe, en busca de una noticia que no sabíamos si era cierta, ni la importancia que tenía. La negativa me molestó, pero no pude obligar al reportero a trasladarse a Santa Fe.

Entonces no tuve más remedio que enviar alguien desde la capital. Estábamos escasos de reporteros (recuerden que uno estaba en Azuero). Así que envié a uno que no hiciera mucha falta para los noticieros.

Los primeros informes telefónicos eran muy generales, basados en comentarios de gente de Santa Fe. Debo ser sincero y aceptar que otro medio de comunicación consiguió mejores noticias. Pudo entrevistar al campesino que vio cuando se llevaban al padre Héctor Gallego, "unos hombres que vestían como militares".

Creo que hacer pública esa noticia evitó que la Guardia Nacional "desapareciera" a ese testigo clave, quien impidió que la dictadura militar ocultara el rapto de Gallego. (Recuérdese que incluso se llegó a insinuar que el padre se había ido con miles de dólares).

Luego tuve que manejar como periodista las presentaciones de los dignatarios de la Iglesia, quienes pedían que dijeran qué había ocurrido con Gallego, y dónde estaba su cuerpo. Aquí se destacó Monseñor Legarra, quien con una voz imponente, seriedad y vehemencia, estremecía a miles de panameños con sus palabras.

Días después de esta campaña, la Iglesia Católica bajó el tono de sus demandas públicas y guardó silencio. Muchos pensaron que "algo les habían dicho en secreto de confesión", lo que les hizo desistir de sus reclamos que pusieron a la dictadura de Omar Torrijos en el piso.

Si el dictador "con cariño" hubiera enviado a la cárcel a los que mataron a Gallego, este crimen no lo seguiría incluso después de muerto. Pero Torrijos por lo menos fue encubridor del asesinato, ¡ocultó lo ocurrido por salvar la responsabilidad del subalterno!

No creo que si esos subalternos actuaron por su cuenta, o "se les fue la mano", merecían quedar impunes y recibir la protección del dictador Torrijos. Lo que hizo el dictador no fue un simple "pecado"; fue sencillamente una acción criminal, que impidió la justicia...y que ahora pone al descubierto la farsa del proceso revolucionario y el torrijismo.

 

 

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