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A ORILLAS DEL RIO
LA VILLA
El semáforo y el desfile (I)

Santos Herrera
Al fin, después de casi diez años de continuo batallar, es escuchado el clamor solidario y revolucionario de los periodistas del patio y con bombos y platillos se anuncia en programas especiales, a través de la radio y televisión, que para el próximo aniversario de la fundación del Distrito, Chitré será la primera ciudad que desde el Puente de las Américas hasta David, tendría un semáforo. No faltaron las pullitas y suspicacias, ya que una dama llamó a un programa radial, y con su sal y pimienta le restregó en la cara a los santiagueños y tableños que mientras los alcaldes de esos dos pueblones, presentaban Acuerdos Municipales, para aumentar la cantidad de postes y varas en las calles, donde sus coterráneos pudieran amarrar los caballos, Chitré contaba con un moderno semáforo de tres luces. La Dirección de Tránsito de la Policía, conocedora del impacto y trastornos que involucraría la instalación del aparato dentro del desarrollo normal de las actividades cotidianas de la ciudad, comenzaron a tiempo a pintar áreas amarillas, en las cuales no se permitía estacionarse; grandes letras blancas que señalaban los altos, enormes flechas, rayas y un sinnúmero de claras indicaciones que estrictamente debían cumplirse por parte de los conductores y peatones. El mismo día de funcionamiento del semáforo y subsiguientes, se formó un pandemonio que prácticamente viró patas para arriba al pueblo, a la mayoría se les olvidaba que el aparato estaba trabajando, y conducían igual que antes, causando esta negligencia choques y tranques. Otros conductores, no acostumbrados a esos controles, miraban a los lados y si no veían carro cerca, se tiraban sin respetar la luz roja que les prohibía el paso y se encontraban con el automóvil que venía por el mismo carril, porque así se lo permitía la luz verde, provocando espeluznantes y largos frenazos y desesperadas maniobras dignas de Fangio. Otros, manejaban como si nada, y cuando estaban debajo del semáforo, se daban cuenta de que tenían que hacer el alto y lo hacían precipitadamente o marchaban hacia atrás, motivando esa acción toda clase de vidrios rotos y abolladuras. Los peatones también fueron víctimas de la innovación que el progreso les había traído y muchos fueron los sustos, raspadas y hasta algunos huesos rotos, al no tomar las precauciones que la nueva moda les imponía, puesto que su transitar alrededor del semáforo, continuó siendo el mismo cuando todo se había revolucionado a causa de unos sencillos cambios de colores. El caminante desprevenido cruzaba, inclusive dentro de la línea de seguridad, pero sin el cuidado de que por cualquiera de los cuatro lados, viniera despepitado un automóvil, aprovechando la oportunidad que le concedía la luz verde y aquí solamente la habilidad del conductor, que frenaba a tiempo zigzagueando esquivaba el peatón o éste como el más diestro torero, jugaba el carro con una habilidad y destreza al estilo de Manolete. (Continúa...)
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