Rut fue a su buzón de correo y encontró una sola carta. Antes de abrirla, notó que no tenía ningún sello postal sino sólo su nombre y dirección. La carta decía: "Querida Rut: Voy a estar en tu barrio y quisiera verte. Con amor eterno, Jesucristo."
Las manos le temblaban mientras ponía la carta en la mesa. "¿Por qué deseará Dios visitarme si no soy nadie especial? Y no tengo nada que ofrecerle." Recordó su despensa vacía y pensó: "Debo ir al supermercado y comprar algo para la cena."
Rut tomó su cartera en la que tenía apenas cinco billetes, se puso el abrigo y salió corriendo. De vuelta a casa con su modesta compra bajo el brazo, escuchó una voz que le decía:
-Señorita, por favor, ¿puede ayudarnos?
Rut había estado tan absorta en sus planes para la cena que no había notado dos figuras acurrucadas en la acera: un hombre y una mujer, ambos vestidos de andrajos.
-Mire, señorita -insistió el hombre-, no tengo trabajo, y mi esposa y yo hemos estado viviendo en la calle. Estamos muertos de frío y de hambre. Si usted nos pudiera ayudar, se lo agradeceríamos mucho.
-Señor, me gustaría ayudarlos, pero yo también soy pobre. No tengo más que un poco de pan y jamón. Es lo que pensaba darle de comer a un invitado especial que viene a cenar conmigo esta noche.
-Comprendo. Gracias de todos modos.
El hombre tomó del brazo a la mujer, y los dos se perdieron en el callejón. Al ver que se alejaban, Rut se sintió muy afligida.
-¡Señor, espere! La pareja se detuvo, mientras ella se les acercaba corriendo.
-¿Por qué no toman esta comida? -¡Que Dios se lo pague! -exclamó. Rut se quitó el abrigo y le dijo:
-Yo tengo otro abrigo en casa; ¿por qué no se pone éste?
En el camino a la casa Rut estaba sonriendo a pesar de que ya no tenía su abrigo ni la comida que había comprado. Pero al acercarse a su puerta se puso a pensar en que ya no tenía nada que ofrecerle al Señor, y se sintió desanimada.
Cuando metió la llave en la cerradura, notó que había otro sobre en el buzón. "Qué raro -pensó-. El cartero nunca viene dos veces el mismo día." Intrigada, tomó el sobre y lo abrió: "Querida Rut -decía-: Fue muy agradable verte de nuevo. Gracias por la comida y gracias también por el hermoso abrigo. Con amor eterno, Jesucristo."