Frente a esta creencia objetiva, la Iglesia no puede quedar cruzada de brazos, ignorando las necesidades de tantos millones de hermanos que esperan el anuncio del mensaje de salvación. "Dios quiere -nos recuerda San Pablo- que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad" (1 Tm 2,4)
El mandato hecho por Cristo resucitado a sus discípulos: "Id y predicad..." (cfr. Mc. 16,15; Mt. 28,19), estableciendo cuidadosamente la imagen y la función de la Iglesia peregrina, expresa el dinamismo misionero, vinculado intrínsecamente a su propia naturaleza. La Iglesia, impulsada incesantemente por el Espíritu, es "enviada" perennemente a los hombres para transmitirles la fuente inagotable de agua viva que mana de la palabra y de la obra del Señor.
La evangelización, es decir, la actividad misionera pertenece, pues, a la vocación específica de la Iglesia, la cual, respetando siempre la libertad, va al encuentro de los hombres de nuestro tiempo (Lc 1, 79); puede decirse incluso que la Iglesia es la misión encarnada.
No sin razón afirma explícitamente el Concilio: "La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre" (Ad Gentes, 2)
Depositaria de la buena noticia, la Iglesia, al igual que no puede dejar de hablar, debe necesariamente seguir enviando, hoy en la misma medida que ayer, a apóstoles y misioneros, que sepan anunciar a los hombres la salvación transcendente y liberadora, preparándolos -con fidelidad plena al Espíritu- para el conocimiento de la verdad.
Reflexión del Papa Juan Pablo II, tomado del Libro Conmigo Día tras día Dios te Bendice por solidarizarte con la obra Pro-Fe de la Iglesia Católica, en bien de tus hermanos más necesitados.
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