En muchas ocasiones la vocación docente es sinónimo de sacrificio, de empeño y mucha dedicación. En Panamá son muchos los docentes que laboran en zonas apartadas y de difícil acceso a donde tienen que trasladarse por horas en lanchas y a caballo, para luego radicarse en dichas comunidades, apartándose de sus familias y de sus hogares, para dedicarse a enseñar y educar a sus estudiantes.
Para la maestra Yurisell Martínez, su experiencia ha sido algo motivador, pero también difícil y arriesgado. Ella, oriunda de la provincia de Veraguas, obtuvo su cupo para laborar en la zona indígena y rural de Quebrada Benítez, (zona 2) de la regional de San Miguelito, Las Cumbres y Chilibre, dentro de los límites del Parque Nacional Chagres. Tuvo que separarse de su familia y radicarse en el pequeño albergue que le ofrecía la escuelita en donde impartiría sus clases.
Con la ayuda de las madres de sus estudiantes y con los víveres que compra, gracias a los aportes del Fondo de Equidad y Calidad de la Educación (FECE) y a los recursos adicionales de las partidas de Alimentación Complementaria, luego de impartir las clases, procede a preparar la vianda para ofrecer un humilde pero nutritivo almuerzo a sus pequeños. Y digo sus pequeños porque en esas condiciones y por la naturaleza misma de la enseñanza Multigrado a esos niños, Yurisell los trata y atiende como si fueran sus propios hijos.
Nos cuenta esta abnegada maestra que el susto comenzaba a la hora de dormir ya que la pequeña escuela no cuenta con un dormitorio seguro, y por estar adentro de una espesa selva y contiguo a un enorme lago como lo es el Alajuela, estaba expuesta a picaduras de insectos y víboras.