Hoy Berlín se amolda al ejemplo de una ciudad occidental con todos los paradigmas de la civilización tecnológica. La Potsdamer Platz, ícono del desarrollo comercial europeo, resurge de las cenizas de la guerra y el enfriamiento político e ideológico que dominó a esta urbe de tres millones de personas por 40 años.
Empero, la actual capital alemana fue escenario de dos eventos históricos que pusieron fin a la división del pueblo germano y la Guerra Fría: La caída del Muro de Berlín un 9 de noviembre de 1989 y la reunificación de las otrora dos repúblicas alemanas el 3 de octubre de 1990.
Mudo testigo de esos eventos del pasado es el muro de concreto reforzado que pasa por la Bernahuer Strasse y el East Side Gallery, en el oriente berlinés. Hoy, turistas y curiosos continúan traspasando los viejos puestos de la guardia de la antigua RDA que en su tiempo hubieran impedido siquiera tomar fotos y cruzar el paso entre el sistema comunista que dominaba Europa del Este hacia el mundo capitalista angloamericano.
Donde quiera hay presencia perenne de Alemania, de sus industrias, su comercio, su ciencia e ideales pro derechos humanos y democracia. En la actualidad, esta potencia mundial busca un justo reconocimiento dentro del seno de las Naciones Unidas, como miembro permanente del Consejo de Seguridad.
Tal como lo afirmó S.E. Borusso von Bloucher, embajador germano en Panamá, es indudable el apoyo de Alemania para el desarrollo social, político y comercial del mundo, en especial en la misma Unión Europea y las Naciones Unidas. Berlín aporta el 25% del respaldo económico a estos dos grandes organismos supranacionales, sin muchos bombos ni platillos.
También entidades de apoyo social alemanas cooperan en América Latina y Panamá, dejando por ejemplo su legado en las comunidades campesinas para lograr su autosubsistencia económica, como el caso de los indígenas Ngobe Buglé en Chiriquí.