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El lenguaje del cuerpo

Hermano Pablo | Reverendo

Fue una tarea tediosa: extensa y minuciosa. Consumió largas jornadas de trabajo y un gran despliegue de talento natural y científico. Pero el éxito coronó tan arduos y tan prolongados esfuerzos. La doctora Galina Lebedinskayaf, del Laboratorio de Reconstrucción Antropológica de Moscú, presentó, al fin, su obra de arte.

Era un rostro humano, reconstruido en plástico, a partir de una calavera. Los que habían conocido en vida al ser humano de la calavera dijeron que el parecido era realmente asombroso.

«Muchas personas piensan -explicó la antropóloga soviética- que todas las calaveras son idénticas y carecen de individualidad. Pero cada uno de los huesos humanos contiene una rica información que se puede descifrar y traducir en el lenguaje del cuerpo».

Los logros de aquel Instituto Científico de Reconstrucción Antropológica llegaron a ser muy útiles en la identificación de cadáveres antiguos y de calaveras de las que hacía tiempo se habían borrado los rasgos físicos del rostro.

Fue notable ese trabajo de reconstrucción de la doctora Lebedinskayaf. A partir de entonces, puede tomarse una calavera y descubrir -en esos huesos angulosos, esos orificios horribles y esos dientes- el bello rostro que antes se apreciaba. A esa ciencia se le llamó «reconstrucción antropológica».

Algo parecido a esto, pero en una escala moral y espiritual, es lo que hace Jesucristo con el corazón humano. Él toma corazones convertidos en calaveras -corazones deformes, descarnados, depravados, secos y muertos-, y los reconstruye con suma paciencia.

Si bien, partiendo de una calavera, los científicos pueden rehacer un rostro, aunque sea de material plástico, con mayor razón Cristo, partiendo de un corazón muerto, puede hacer una persona completamente nueva. Nueva, justa, recta y buena. Porque, como dice el apóstol Pablo, «cuando estábamos muertos en pecados», Dios «nos dio vida con Cristo». «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!».

Pongamos nuestro corazón en las manos de Cristo. Dejemos que Él lo reconstruya. De hacerlo así, llegaremos a ser personas nuevas, dignas de los más altos designios de nuestro Creador.



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