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Sin embargo, nada de cortesía

Redacción | Crítica en Línea

Hablar sin decir palabras sucias cada 5 segundos, ceder el asiento del bus a las mujeres embarazadas y los adultos mayores, dar los buenos días al entrar a cualquier lugar, respetar a los mayores, entre otras muestras de cortesía, son raras en la actualidad. Salvo algunas excepciones, nunca vemos a gente joven aplicar las clásicas reglas de cortesía.

No estamos hablando de la etiqueta superflua de la nobleza europea, ni de saberse 10 formas de servir la mesa, ni de cómo servir las tazas a la hora del té. Nos referimos a las simples leyes no escritas de la buena convivencia entre ciudadanos; a tratar a las personas como nos gustaría que nos trataran a nosotros.

Cuentan los viejos de la casa que antes en las escuelas públicas se enseñaba mucha urbanidad.

Los maestros y profesores eran, por su parte, verdaderos ejemplos de decencia y cortesía, así como los padres de familia, lo que ayudaba en el proceso de enseñanza aprendizaje, pues un buen ejemplo instruye más que cien años de clases.

Hoy las cosas han cambiado. La destructiva programación televisiva que en la mayoría de los canales se aprecia -gracias a Dios hay algunas otras opciones-; las animaladas que se escuchan en la radio, y la pobre oferta en los diarios, aunado a la catástrofe que representan los malos educadores y padres de familia irresponsables, han convertido a nuestra joven sociedad en un triste muestrario de descortesía e irresponsabilidad.

Los muchachos mal hablados están por todas partes. Se escucha a padres de familia usando palabras altisonantes frente y contra sus hijos; las muchachas están por todas las esquinas mostrando su humanidad; los muchachos le faltan el respeto a ancianos, niños y mujeres; en televisión se abusa de la mala lengua y las atrocidades, unos contra otros.

La panameña se está convirtiendo en un caldo de cultivo de las malas intenciones y el mal trato del prójimo. Tal vez sea hora de que el ministerio de Educación se humanice un poco e incluye el tema de la urbanidad y la cortesía en sus programas, de manera que nuestros muchachos y nuestras familias dejen de ser sitiales de cavernícolas y empiecen a ser focos de formación de seres humanos y cultos.



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