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Se entiende la política como el trampolín para saltar de la pobreza a la comodidad de los abundantes bienes materiales. Los nombres sobran al hablar de panameños y panameñas que han entrado a los partidos políticos, y de ahí a los engranajes de poder, de donde han salidos con dos o tres casas, carros, fincas, cuentas bancarias e hijos graduados en los mejores centros de enseñanza del país y el mundo.
No se piense que este es un problema de hoy, o de la dictadura militar. Desde que la República es tal se sabe de familias enteras que han hecho su fortuna, si no directamente extraída del erario público, a veces apoyados en decisiones y espaldarazos gubernamentales.
Y es que el político en Panamá no entiende, o no quiere entender, el significado de lo que es ser político y de la política en sí. El Estado moderno es concebido como un cuerpo político, organizado y vivo, que requiere del concurso de algunos de sus hijos para su conducción.
Es entonces cuando la sociedad escoge a algunos de entre sus pares para dirigir al Estado a mejores estadios. No todos pueden ser gobierno a la vez, es imposible, así que algunos se encargan de esa noble de tarea de proveer a los asociados de bienes intangibles como educación, y salud; y de bienes materiales como carreteras, puertos, teléfono y agua. Hacer cualquier otra cosa que no sea eso, es burlarse de la misión del político. Es un crimen |