Érase una vez, en tiempos de sequía, un profeta llamado Elías fue mandado por Dios a residir en una ciudad de nombre Sarepta. Al llegar, se encontró con una viuda de escasos recursos que estaba recogiendo leña.
Elías le pidió un vaso de agua y un pedazo de pan, pero la mujer le contestó:
-"No tengo pan cocido, lo único que me queda es un poquito de aceite y puñado de harina con las que haré una pequeña torta para que comamos mi hijo y yo como último sustento; después, nos dejaremos morir de hambre."-
Pese a esa deprimente declaración, Elías le profiere: -"Con la harina que tienes, hazme una torta pequeña y tráemela. Luego, haz otra para ti y para tu hijo. Porque el Señor Dios de Israel ha dicho que no se acabará ni la harina ni el aceita hasta que llueva"-
La viuda obedece al profeta y, en efecto, milagrosamente alcanza el aceite y la harina por muchos días.
Tiempo después, el hijo de la viuda cae enfermo y muere. La madre se entristece mucho y le reclama al profeta. Entonces, Elías clama a Dios: "¡Te ruego que le devuelvas la vida a este niño!". Dios oyó los ruegos y revivió al muchacho. La madre se alegró y manifestó al profeta: "Ahora sé que realmente eres un hombre de Dios".
Mensajes: 1) La fe en medio de la adversidad y lo ‘imposible’: la viuda de Sarepta sabía que de hacerle "primero" a Elías una torta de pan, no alcanzaría para ella y su hijo; sin embargo, optó por creerle a Dios. Luego, vino el milagro. "Tenemos que dejar de depender de nosotros para depender de Él". "La fe precede al milagro".
2) Son bendecidos los que reciben a los enviados del Señor: cuando el hijo de la viuda fallece, se encontraba Elías viviendo en la casa, quien resucita al infante por el poder del Omnipotente. Dijo Jesús: "Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá". Debemos tratar bien a los predicadores o misioneros que toquen nuestra puerta.