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Miércoles 28 de julio de 1999



FAMILIA
Narcóticos Anónimos

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Joaquín Arias
Crítica en Línea

La mayoría verán que el control es imposible en el momento que se piensa. Sea como sea el resultado, descubrimos que no podemos controlar los tóxicos por ningún período de tiempo.

Esto sugiere claramente que un drogadicto no tiene control sobre la droga. La impotencia significa drogarse en contra de la voluntad de uno. Si no podemos parar, ¿cómo podemos creer que controlamos la situación? El decir que "no podemos elegir" indica nuestra inhabilidad por dejar las drogas, incluso con la mayor fuerza de voluntad y el deseo más sincero. Sin embargo, sí podemos elegir cuando eliminamos todas las cosas que nos hemos estado diciendo para justificar nuestra enfermedad.

No llegamos a Narcóticos Anónimos rebosantes de amor, honestidad, buena voluntad o con la mente abierta a nuevos horizontes. Llegó un momento en que no podíamos proseguir con la tensión de dolor físico, mental y espiritual. Al sentirnos derrotados es cuando vimos la necesidad de que nuestra vida debía cambiar radicalmente.

Nuestra incapacidad de no poder controlar los tóxicos es síntoma claro de la enfermedad de padecemos. Somos impotentes no tan sólo ante la droga, sino también ante nuestra imposibilidad de abandonarla. Esta esclavitud a su consumo nos perturba física, mental y espiritualmente, afectándonos en múltiples facetas de nuestras vidas.

El aspecto físico de nuestra enfermedad es la necesidad que tenemos de consumir drogas; o sea, la impotencia de parar una vez que hemos empezado. El aspecto mental es la obsesión o el deseo abrumador que nos lleva a drogarnos incluso cuando ya han sido destrozadas nuestras vidas. La parte espiritual es nuestro egoísmo total. Creíamos que podíamos parar cuando quisiéramos, a pesar de los hechos que demostraban todo lo contrario. La negación, la sustitución, la racionalización, la justificación, el aislamiento y la pérdida de control son consecuencias de nuestra enfermedad. Esta es progresiva, incurable y mortal. Para la mayoría de nosotros es un alivio descubrir que tenemos una enfermedad y no una deficiencia moral.

No somos responsables de nuestra dolencia, pero sí somos responsables de nuestra recuperación. La mayoría intentamos por nuestra propia cuenta abandonar la droga, pero con resultados totalmente negativos. Al final nos percatamos de que éramos impotentes ante su dominio sobre nuestras vidas.

Muchos intentamos dejar los tóxicos usando fuerza de voluntad y resultó ser una solución provisional. Vimos que sólo con nuestra fuerza de voluntad no podríamos seguir mucho tiempo. Probamos otros remedios -psiquiatras, hospitales, instituciones, amantes, nuevas ciudades, nuevos trabajos-. Todo lo que intentábamos fracasaba. Empezamos a ver que habíamos racionalizado las tonterías más increíbles para justificar la mala situación en que nos encontrábamos.

Hasta que no nos desprendamos de todas nuestras absurdas ideas, peligrará el fundamento sobre el cual se basa nuestra recuperación. Cualquier duda que tengamos nos impedirá obtener los beneficios del programa. Es únicamente en esta circunstancia cuando podemos recibir ayuda para recuperarnos de nuestra enfermedad.

 

 

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