OPINION

HOJAS SUELTAS
Dos Casos

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Por Eduardo Soto
Periodista

Candy* tiene 15 años y es prostituta. Nadie en su familia, sólo el rosario de hombres con quienes se ha acostado y tienen el número de su celular barato, sabe su secreto. Y yo, un falso fotógrafo de modelos que se le cruzó en el destino y le hizo una entrevista furtiva.

Alguien que conozco convenció a la chiquilla de hacerse unas fotos para abrirse camino con ellas en el mundo de la farándula. Los contactos se hicieron, y un buen día ahí estaba ella, con pocas ropas sobre sus carnes, y ostentando una dentadura perfecta que sabe usar cuando simula que ríe, o cuando habla del niño que gusta de ella en la escuela. "¡Pobre chico!", dice.

No sé quién estaba más asustado. Tal vez ella por la enorme cámara que me colgaba del cuello, y que la pondría al descubierto en un mundo que ella no controla. Quizá yo por el parecido brutal de esa muchachita con una de mis hijas: tienen casi la misma edad, el mismo color de piel, la sonrisa de cristal y malvas, el perfil aindiado, y la boca de bebé mal disfrazada con un lápiz labial escarlata, que contrastaba vulgarmente con el colorete y las sombras de juguete en el resto de su linda cara.

Palabras más, palabras menos, esto fue lo que grabé: En el interior, cuando tenía doce años, se entregó a un vecino de 30, quien estaba casado. -Es el único con quien he tenido un orgasmo- dijo, mientras se arreglaba la rebelde mata de pelo negro frente al espejo. Su padre se enteró y los separó para siempre. Ella vino a parar a la capital, donde vive vida de pobre con su mamá, un par de hermanos y un padrastro. Ha padecido otros enamoramientos, siempre con tipos mucho mayores. "¡Ah! -agregó- odio a mi padre".

Una tarde un hombre le trabó conversación en la Central y le propuso una barbaridad: "tengamos sexo, y te doy 20 dólares". Ella no muy convencida dijo que no, pero ya el hombre tenía su número del celular. Él insistió. En una ocasión, "cuando en la casa no había ni qué comer", el hombre llamó. Y fue entonces cuando empezó todo.

Desde ese día va de pensión en pensión. Incluso ha estado con cuatro a la vez, pero este último recuerdo no le es muy grato: "no cobré suficiente", se quejó con la mano sobre la frente, y una mueca de hastío en el rostro dorado. Muerta de risa dice que le gusta todo en la cama, y que su gran sueño, si no resulta lo del modelaje, es ser "empresaria" en el negocio del comercio sexual. "Como Thonya", suspiró, mientras cerraba los ojos por el reflejo del flash, y se acomodaba la blusa que aprisionaba sus senos colosales y marmóreos.

Maruquel* también alquila su cuerpo. La entrevista con ella sería por teléfono, pero no se ha podido completar porque su novio siempre está en casa cuando llamamos desde la redacción. Él no sabe.

Lo más que pudimos adelantar es que tiene 19 años, estudia arquitectura y trabaja de noche en un hotel. Ahí conoció a un negociante extranjero, quien después de mucho insistir, la convenció para que cada vez que él venga por Panamá -dos o tres veces al año- ella salga con él, le muestre la ciudad y le sacie su apetito genésico. Doscientos dólares a la semana. ¿Sólo entonces se hace prostituta? Voy a preguntarle mañana, cuando la llame.

*Los nombres son ficticios... pero el miedo por mis hijas no.

 

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