Hay personas a las que no nos atrevemos a entablar una conversación porque dan ganas de llorar. Todos pasamos por momentos difíciles, todos superables, pero estos conciudadanos no se dejan orientar para que cambien su rostro y experimenten momentos felices.
Cuando nos invade la tristeza, sentimos entre otras cosas que nadie nos comprende, que estamos solos y también sentimos que no somos merecedores de "eso" que nos está pasando y que motiva nuestra tristeza.
Difícilmente podemos escapar a los momentos tristes, sin embargo sí debemos aprender de nuestro señor Jesucristo cómo proceder para afrontar la tristeza.
Jesús, poco antes de ser arrestado, se dirigió a sus discípulos: "Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú". (Marcos 14: 34-35) Estos momentos de la vida de Jesús fueron especialmente difíciles, aquí el Señor fue presa de la tristeza y de la angustia, adicionalmente sus amigos no comprendieron su dolor y no le acompañaron en la oración como lo muestran los versículos subsecuentes.
Si Jesús, que es Dios, pasó momentos difíciles el hombre también lo hará, pero ¿qué debemos hacer? La respuesta clave es "orar". Si no pedimos en oración a Dios que libere nuestras cargas, nadie lo hará. Él es el único que puede hacer que volvamos a sonreirle a la vida.
Hermano (a), ya no mire con esos ojos brillosos. Alégrese de que tiene vida, trabajo y compañeros que le estiman. Salga con sus amigos a pasar buenos momentos y nunca se olvide de Dios, pues Él le ama y quiere hacerlo muy feliz.