La crisis en Oriente Medio, que dominó la cumbre del G-8 en San Petersburgo, hizo que esta concluyera con más sombras que luces para el presidente de EE.UU., George W. Bush.
Bush quería aprovechar la declaración de la cumbre para presionar a Irán y Corea del Norte en contra de sus respectivos programas nucleares.
En cambio, la escalada de la violencia en Oriente Medio cambió los planes.
EE.UU. había insistido en que toda la responsabilidad del problema recaía en el grupo chií libanés Hezbolá y que la violencia no terminaría hasta abordar "la raíz del problema": que esa organización se desarmara.
Por contra, Francia y Rusia insistían en que la respuesta israelí había sido desproporcionada y exigieron un alto el fuego inmediato.