Era un día silencioso y tranquilo. No soplaba el viento. No había tránsito pesado. No sonaba en el vecindario ninguna música rock. No se oían bocinazos de automóviles ni aullidos de sirenas de bomberos.
Todo estaba, así mismo, silencioso y tranquilo en la oficina del banco.
Lila Young, una joven de veintitrés años que empujaba un cochecito con un bebé dormido, entró silenciosamente en el banco. Se acercó a una ventanilla y le pasó una nota al cajero. Casi sin decir palabra, el cajero le dio mil trescientos dólares a la joven. Y silenciosa, ella salió del banco y escapó en un taxi.
Pero había una alarma en el banco, alarma, también, silenciosa, y el asalto se descubrió. Muy rápidamente la joven fue arrestada.
He aquí un asalto que se hizo en silencio. No hubo ruidos. No hubo gritos. No hubo tiros, ni porrazos ni estallido de cristales. Todo fue tan silencioso que ninguno de los diez clientes del banco, que estaban esperando turno, se dieron cuenta del asalto. De no haber sido por la alarma oculta, todo hubiera quedado sumido en el más profundo silencio.
Hay muchas cosas silenciosas en la vida que, sin embargo, tienen tremenda potencia. La electricidad que corre por los alambres de cobre corre en silencio, pero alumbra a la ciudad. Los pensamientos que estallan en nuestra cabeza estallan silenciosamente, pero mueven el mundo. La sangre que corre en nuestras venas corre también en silencio, pero da vida.
Un nuevo poema nace silencioso en la mente del poeta. Una nueva melodía es inspirada en silencio en el corazón del músico. El bebé que se cría en el vientre de la madre se cría en silencio, y en silencio también viene el Espíritu de Dios al alma de un pecador para darle nueva vida.
Esa obra que Cristo hace en el corazón humano que se entrega a Él, la hace en silencio. Sin embargo, transforma totalmente la vida de la persona, porque es la obra del Creador mismo. Él, que con un solo pensamiento hizo aparecer todo el universo, con su obra silenciosa en la cruz del Calvario trajo salvación y vida eterna al hombre perdido.
Nuestra vida está llena de ruidos. Alguien los definió como "ruidos sin sentido". Pero la obra salvadora de Cristo, en completo silencio, transforma completamente al pecador. Cristo quiere ser el Señor y Salvador de todo el que se lo permita, hoy mismo.