EDITORIAL
Confesiones de un pandillero juvenil
La vida citadina panameña
se encuentra signada por los quehaceres criminales de pandilleros que debaten
y resuelven sus controversias a golpes de puñal y disparos de proyectiles,
dejando estelas de muerte y daño que llenan de luto y pesar a múltiples
hogares nativos.
En este sentido, las gestiones adelantadas por autoridades públicas,
municipales, del Ministerio de la Juventud y eclesiales, en Colón,
son ejemplo ductor que debería imitarse y profundizarse, de manera
que logremos paz en las calles, al lograr que las pandillas depongan las
armas y abandonen las prácticas violentas, para acogerse al programa
de empleo y adiestramientos que permitan la resocialización efectiva,
la rectificación de sus pasos, por vías de positividad y provecho
social.
Ahora, un joven pandillero que llenó por más de seis años
de maldad y terror las calles colonenses se acoge al alero formativo de
un colegio, cumple las labores técnicas que lo convertirá
en operario especializado, y ofrece sus testimonios delictivos a la prensa.
El relato recorre las jornadas iniciales de incorporación al crimen
y los narcóticos, donde la conversión de un kilogramo de cocaína
reporta al distribuidor más de setecientos balboas de ganancia, con
lo cual la vida fácil, la jactancia del maleantismo, y la impunidad
de los crímenes, forjan un pensamiento delictivo profundo; torcedura
que resulta difícil de superar.
Los afanes callejeros por mantener las hegemonías y poderes en
un determinado territorio se traducen en enfrentamientos a tiros y puñal
que morigera la presencia policial de motorizados y las rondas a pie. El
producto de las fechorías, que incluye hurtos, asaltos a "chinitos",
y en general, actos violentos reñidos con las normas legales, se
destinan a la ostentación de ropas de fina confección, zapatillas
de marca, prendas de valor que permiten discernir jefaturas en los barrios.
La regla de oro de la delincuencia juvenil es simple: no dejarse atrapar
por la justicia; para garantirse la protección que aleje a los policías
y las autoridades, son idóneas las prácticas de brujería,
que mediante rezos y sacrificios, donde el santero envuelve en humo de tabaco
el cuerpo del delincuente a proteger, expulsa esos peligros.
De igual manera, los collares y los brazaletes con los colores de los
santos del fuego, el aire, el agua y la tierra, otorgan adicionales garantías
protectivas; de idéntica manera se recurre al rito para obtener amores
carnales y conservar la fidelidad del ser amado.
El fenómeno de la criminalidad panameña; la precisión
de los mecanismos del narcotráfico, los acomodos pandilleros, los
comercios subterráneos de objetos robados, las protecciones ilegítimas,
los arrendamientos de armas de fuego, y en general, los parámetros
del mundo del crimen vigente, reclaman acciones coordinadas, certeras, idóneas,
de la sociedad civil y política, si queremos aplastar el creciente
desvío delictivo que nos rodea, como confiesa el pandillero en su
arrepentimiento.


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| AYER GRAFICO |
| Los clubes cívicos baluartes de lucha contra la tiranía. |


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