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En múltiples ocasiones, algunas personas se preguntan para qué casarse, si tarde o temprano vendrá el divorcio. Pero si al momento de contraer matrimonio, la pareja da ese importante paso, convencida de que formarán una sola carne y vivirán de acuerdo al plan de Dios, que es alcanzar la felicidad, tales pensamientos no tendrán cabida en la mente del hombre o la mujer.
Según el sacerdote Orlando Rivera, asesor de la Comisión de Arquidiócesis de Pastoral Familiar de la Iglesia Católica, tanto el hombre como la mujer deben conocer su origen, respetando la dignidad de cada uno, la cual no es reemplazable, y por lo tanto, es fundamental para los seres humanos. De allí que la paternidad y la maternidad no podrán ser reemplazados por ninguna de la contraparte, es decir no hay madres-padres, ni padres-madres; porque ambos fueron creados para ser complemento uno del otro, como seres sexuados. Aun cuando fueron creados con diferencias físicas y emocionales que se traduce en la oportunidad de alcanzar una complementación y una alianza de amor.
Como la finalidad de Dios es que se viva de acuerdo a su plan, el cual es ser felices, el "utilizar la pareja", no cabe dentro del matrimonio. Para conseguir la felicidad, la herramienta primordial es "tener siempre presente a Dios", a través de la oración y manteniendo la espiritualidad, que son nuestras acciones diarias de convivencia matrimonial; además del diálogo sincero, respetuoso que debe aportar opiniones y no denigrar la condición de ninguno de los dos cónyuges.
El clérigo señala además que dentro del matrimonio, las parejas deben estar abiertas a la reconciliación y al perdón, que no debe entender con una simple disculpa ni tampoco con la archireconocida frase: "Yo perdono, pero no olvido". El pedir perdón y estar dispuesto a perdonar logra la convivencia en armonía, indispensable para que haya amor dentro de ese hogar.
En el mundo de hoy, enfocado más en el tener que en el ser, el matrimonio juega un papel muy importante, por ser la semilla fértil del amor de Dios a la humanidad, donde el diálogo, el amor y la relación crean la familia con valores cristianos. No obstante, para lograr tales objetivos es necesario vencer el temor a mi verdadero yo, rompiendo las ataduras que me hacen prisionero e incorporando los valores de honestidad, apertura, sinceridad, bondad y alegría. Valores estos que son inherentes a la persona, pero que en la actualidad el mundo ha tergiversado.
Hay que tener presente que la familia es la primera escuela de la vida y es en el hogar donde se debe dar a conocer el camino que conduce a Dios; mismo que se experimenta en el matrimonio donde debe reinar el amor, el cual es transmitido a los hijos a través de este sentimiento de los progenitores.
En la semana dedicada a la familia, hagamos un alto para reflexionar sobre la situación de los miembros de nuestro hogar, y propongámonos el firme propósito de cambiar y vivir de acuerdo con el plan de Dios, que es adquirir la plena felicidad y construir un mundo donde impere el amor, la fraternidad de los que habitamos este paraíso terrenal. |