El muchacho algo "arrepinchoso", teniendo novia lista para casarse, decide tirarse a una chica que le gusta. No usa condón, la preña y después viene con el cuento dizque se siente mal.
Otro sujeto le pasa lo peor, a sabiendas que se le moja la canoa, se arranca con sus amiguitos a beber, a los pocos minutos queda bajito de sal y después se arrepiente por el lodazal causado.
La mujer decide serle infiel a su esposo. Se acuesta con el vecino mientras su marido está trabajando. Este le pega un SIDA, le comunican su enfermedad y después asegura estar arrepentida de lo cometido.
Todos en algún momentos dado somos presa de los cinco minutos de ahuevazón. Es ese lapso en donde cometemos toda clase de vainas en donde enredamos nuestras vidas para cometer errores que nos marcarán toda nuestra existencia, pero, a pesar de meter la pata o como querramos llamarle, siempre hay lugar para sentirse mal. ¿Por qué? Es sencillo, una vez escuchamos a alguien decir que lo prohibido es bien rico y "pacatán" caemos como pendejos, exponiendo un matrimonio con hijos y toda una reputación ante la sociedad.
Si vas a cometer una locura, la recomendación número uno es evitar que la tentación se convierta en una acción pecadora que te separe de Dios, quien a pesar de todas nuestras fallas, está esperándonos con los brazos abiertos para darnos el regalo de la vida eterna. ¿Cómo es eso? Sí, estimado lector, aunque usted haya metido la pata usted tiene la oportunidad de reconciliarse con Él, a través de un arrepentimiento sincero donde le diga: "Señor, soy un bruto por lo que cometí. Sé que le fallé a mi esposa. Te pido que me ilumines porque no sé qué hacer. Quiero reparar mi situación ella y mis hijos, pero quiero entregarte mi vida para no fallarte más. Te amo Señor. Te lo pido en el precioso nombre de tu hijo Jesús. Amén".