La belga Justine Henin alzó ayer su tercer Roland Garros consecutivo, el cuarto de su vida, y el primero desde un divorcio, que le obligó a perderse el inicio de temporada, lo que otorga a su victoria "un gusto particular" que la convierte en "la reina de la tierra batida".
"Ese apelativo no está mal, pero apenas me doy cuenta de lo que me pasa", dijo.