Sus nombres son omitidos para cuidar identidades y evitar que la justicia les niegue las visitas familiares y conyugales que por derecho les corresponden.
Tenía 19 años cuando cometió su homicidio. Hoy tiene más de 35.
El crimen del entrevistado, a quien llamaremos Jon, se cometió en un bar de La Chorrera, hace más de una década.
En esa ocasión, él estaba "en fuego". Había asistido a la discoteca de su pueblo, con la que en aquel entonces era su novia, y un gringo le faltó el respeto. "Tú sabes.., le tocó las (posaderas) ".
"Eso me molestó y nos fuimos enfrascando, pero como ambos estábamos armados, salieron a relucir las pistolas. Él disparó primero y falló. Sólo detoné una vez la 45 y la bala le dio en la frente".
"Ahora, ella no está. La chica que defendí, después de un tiempo dejó de visitarme, pero con la misericordia de Dios conocí la hermana de un compañero de prisión y la he hecho mi mujer".
"En mi caso, no tengo hijos, y eso es bueno, porque no sufro tanto como otros presos que sí tienen a sus hijos".
‘Te soy sincero, si tuviera la oportunidad de detener el proyectil que mató a ese extranjero "liso", lo haría. La cárcel es dura, aquí es donde se conoce quiénes son tus amigos y familia, cuenta Jon.
Para Gabriel Mejía, quien también pecó al llenarse sus manos de sangre al matar a un hombre, es el castigo más grande que puede un hombre purgar.
"Tengo 15 años de estar preso, un mes menos que la edad de mi hijo".
El asesinato, del cual es responsable Gabriel, se cometió en la comunidad de San Joaquín, a bordo de un bus. Su víctima fue el chofer. En esos tiempos no existía la pandilla de "Los Perros" de San Joaquín, explicó el reo.
"Salimos a cometer un robo: yo y otro adolescente, a quien entregué la pistola por su condición especial de menor".
Arriba del bus, el menor se volvió loco, menospreció a un tipo que iba con su novia y minutos más tarde colocó el revólver sobre la cabeza del conductor del autobús.
"Esto es un asalto", gritaba histérico el chico, recordó Gabriel. " Luego el transportista se resistió y con una varilla me golpeó fuertemente en la cabeza y el menor disparó y lo mató".
"Estoy arrepentido, porque debido a eso, no pude educar a mi hijo, quien vive con su padrastro y pienso que el día que salga de esta prisión él no me hará caso tal como tampoco obedece a su madre".
"No se siente bien haber asesinado a otra persona, pero tampoco es para que nos vean como si escorias humanas".
"Un error lo comete cualquiera. Ya lo dice la Biblia: aquel que se siente santo, que tire la primera piedra".
La línea que nos separa de los demás mortales es pequeña. Hay muchos de ellos que están libres, pese a que en sus manos hay más de dos asesinatos.
Los personajes de esta historia están presos en el centro penitenciario El Renacer; ambos son presos de confianza y en poco tiempo recibirán la libertad.