El ser humano nace con un librito debajo de su brazo. No le gusta obedecer a nadie, mucho menos a Dios.
Nuestros hijos son un ejemplo de lo que hablamos. Cuántas veces usted les ha dicho: "No lo hagas" y al final lo hacen.
Sobre la obediencia, abundan las relaciones bíblicas en el Nuevo y Antiguo, una de ellas dice: "Obedeced a los que están puestos por Superiores. Me diréis: Si son malos, no les obedeceremos. ¿Qué llamáis malos? Si son tales en punto de fe, huid de ellos aunque sean Angeles del cielo; pero si solamente son malos en punto de las costumbres y conducta de la vida, eso no lo examinéis curiosamente. Esto no os lo digo de mí mismo, sino que lo aprendo de la Escritura, en la que hallaréis estas palabras de Jesucristo: Los escribas y fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Y aunque antes había dicho de cuantos males eran reos, añade: No obstante, haced todo cuanto os dijeren, mas no hagáis según sus obras.
"Siempre es útil el silencio cuando os reprenden. Si os reconocéis culpados, callad por no agravar el pecado negándole; cuando no os conocéis reos, callad también y sírvaos de consuelo vuestra misma inocencia: no pueden las palabras de otro hacer culpada una conciencia que sabe que está inocente.
¿Por qué nos cuesta tanto obedecer a nuestros padres, hermanos o superiores? ¿Será que hay algo dentro de nosotros que nos impide tal acción? Si es así, hay que luchar con tra aquello que bloquea nuestro desarrollo y no impide convertirnos en verdaderos líderes en en ámbito social o laboral en donde nos encontramos.
Los buenos ciudadanos obedecen las señales de tránsito, también hacen caso a las señales de advertencias cuando se les indica del peligro a consecuencia de las fuertes lluvias.
Salvarnos depende se cuan obediente seamos en la vida.