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HOJA SUELTA
Zapatos

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Eduardo Soto Pimentel
Eduardo Soto P.
Crítica en Línea

No hay nada más placentero que soportar el martirio medioeval de un calzado apretado. No por el dolor per se, sino por poder quitárselos dando gritos de aleluya. Es como pasar del infierno al Jardín del Edén, dando un brinco.

Pronto, debido a la extinción de buses por el alza del pasaje, podremos -sólo como experimento- caminar largas distancias con zapatos un número más chico. Luego, el gentío (no menos de 800 mil) podrá tirarse de bruces en la Plaza 5 de Mayo para quitarse las tenazas que ahogan sus pies, y gritar: "¡Somos libres, carajo!".

Pero entre la muchedumbre no estará mi compadre Alejandro; él tuvo la maravillosa oportunidad de tener unos zapatos pequeños (Alex calza 12, y le dieron un par diez), y la desaprovechó.

La historia es la siguiente: compró, después de probárselos muy apresuradamente, un par de zapatos, en una de esas famosas tiendas especializadas en calzados de la Avenida Central. Le costaron cuarenta dólares. El día del estreno de los zapatos, se dio cuenta que no podía caminar a gusto (él es vendedor y hasta hace poco no tenía carro, así que sus pies eran su único medio de locomoción), pero ya estaba en la oficina, así que se devolvió al almacén para conversar con el hebreo, quien era el dueño, de manera que le devolviera su dinero.

El comerciante se negó a devolver los cuarenta dólares. Lo más que ofreció a mi compadre fue "una nota de crédito" para que comprara otra cosa. Pero Alejandro quería su dinero en efectivo, tal como él lo había entregado a la cajera, al momento de pagar la mercancía. El mercachifle reiteró su sentencia: ¡No!

Mi compa amenazó con llevar el asunto a la ley, y eso al dueño de la tienda ni lo inmutó; sólo miró a mi compadre con el desprecio con el que los saduceos miraban a la gente sin dinero, y dijo: "¡Has lo que quieras!".

Y Alex, despreciando la divina opción de gozar de un par de zapatos más chicos que sus enormes pies, se fue a la CLICAC. Ahí subió y bajó escaleras con sus calzados viejos durante dos meses. El trajín fue de locos. Gastó tiempo, pasaje y paciencia, y cuando parecía que todo estaba perdido, un tribunal para atención a los consumidores, obligó al tendero a devolverle a mi compadre los míseros cuarenta dólares.

¡Qué barbaridad! Tan fácil y delicioso que habría sido para él meterse en esos zapatitos, ahora cuando todos andaremos a pie.

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