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Esa cosa sin pies ni cabeza llamada destino me dio cinco madrastras y siete hermanos que casi nunca veo. Amigos, tengo menos. Los cuento con los dedos de una mano, y siempre me sobra algo, que creo es sudor y lágrimas, o la mugre de tantos años subiendo esta loma de la vida, que nunca ofrece sombras y cada vez se empina más, y que nos hemos empeñado en acometer uno al lado del otro porque nos queremos como niños, y por eso no podemos estar mucho tiempo separados, aunque cuando nos sentamos a la misma mesa empezamos a pelearnos también como chiquillos, nos miramos mal de vez en cuando, nos burlamos unos de otros, hasta le criticamos la forma de ser al primero que se va de las fiestas y, para tener motivos y vértigo de sobra en este proceso sin frenos que es ponerse viejo, algunos hasta hemos tenido las mismas novias, y para que termine de agotarse el espanto nos vamos al extremo maravilloso de vestirlas de blanco y llevarlas al altar, mientras en la pachanga subsiguiente el resto del grupo se mata con mirada pícaras y a codazos comentamos lo bien que se ven los esposos, mientras al oído y en tono de bochinche decimos: "te acuerdas cuando ella andaba con fulano", y empiezan las risotadas.
Pero nos amamos, y formamos una cofradía de cómplices que por lo menos a mí me salvó de las calles y la droga y el sexo prematuro del barrio oloroso a cangrejos asoleados donde crecimos.
Se trata de amigos que hemos terminado siendo hermanos; los hijos nos llaman "tíos", y las mujeres, compadres. Todas las mamás (las que quedan vivas) nos quieren como propios, y los papás (sólo queda uno vivo) siempre estuvieron encantados de este descarrilado pero bienaventurado grupo.
En algún momento de nuestra primera juventud nos agarramos literalmente de las manos para pedirle un mejor camino al Jesús que habíamos encontrado en ese fin de semana fragoroso a inicios de los años ochenta, en el que hubo guerra de almohadas, besos furtivos, uno que otro borracho, y el cambio definitivo de nuestras formas de ver y vivir la vida. Desde entonces somos distintos a los muchachos salvajes que éramos, capaces de meterle gasolina y fósforo al barrio entero. Creo que Jesús escuchó, y también desde entonces somos de la misma sangre.
Sin ellos no estaría en esta curva plácida de la vida en que ahora me encuentro, un tanto satisfecho de todo lo que tengo, pero con la ambición sana de algo mejor, y con esperanzas suficientes para enfrentar el cuco del mañana. Con ellos cerca es fácil vivir.
Y también ha sido fácil llorar. Hemos estado juntos en las bodas, los nacimientos y en las enfermedades de los niños, en los funerales de los viejos (hace poco estuvimos lagrimeando hombro con hombro en un cementerio), y atentamos contra nuestros hígados de tanto beber en Navidad y 14 febrero.
A veces me pregunto si alguno de nosotros llegará a Presidente. Y si será capaz de colocar a los compadres en la nómina. Y si soportará la corrupción de los compadres. Y si se enfrentará a las cámaras diciendo que lo mejor del mundo son sus compadres, aunque no sea cierto. Mejor no me pregunto nada, porque eso sería desvirtuar esta amistad del carajo que me tiene con vida, y contento de ser quien soy y nadie más. |