El indígena se irguió cuan alto era, y conste que tenía casi dos metros de alto. Era elegante, con perfil de bronce, de raza cobriza y de pura sangre indígena. "Estoy en mi derecho, " declaró ante un tribunal del Estado de Oregon en los Estados Unidos.
Albert Smith, de setenta años de edad, reclamó ante los tribunales estadounidenses su derecho a usar, en sus ceremonias religiosas, peyote, el cacto alucinógeno que su pueblo había usado desde tiempos inmemoriales. "Cuando uso peyote -explicó el indígena-, empiezo a descubrir el camino de regreso al Creador. "
Esta es otra confusión del hombre en su búsqueda de Dios. El uso del peyote, droga alucinógena que se saca de los tubérculos del cacto que los mexicanos llaman mezcal y los aztecas llamaron nahuatl, se había generalizado en aquellos tiempos en los Estados Unidos. Como muchas otras drogas similares, el peyote produce un estado pasajero de euforia en que la persona que lo usa cree sentirse feliz. Y cree haber alcanzado metas y satisfacciones que no puede lograr sin esa droga.
Para ese indígena el uso del peyote era una manera de emprender el viaje de regreso al Creador. Desgraciadamente, el peyote también puede inducir a acciones destructivas, incluso crímenes. En estado de euforia el individuo saca todo lo que tiene en el corazón, lo bueno y lo malo.
Si bien aquel indígena alegaba que el peyote lo ayudaba a emprender "el camino de regreso al Creador", lo cierto es que no es el peyote, ni la cocaína, ni la marihuana, ni el opio, ni el hashish, ni el crack ni el licor lo que ayuda al hombre a encontrar a su Creador. Tampoco lo es ninguna religión de este mundo. Las drogas y las religiones han sido usadas por el hombre desde tiempos antiguos en su búsqueda de Dios, siempre con la misma frustración y desilusión.
Es que sólo Jesucristo, el Hijo de Dios, es el camino hacia Dios el Creador. Sólo Él puede llevarnos al Padre celestial. Jesucristo ha probado esta afirmación vez tras vez, conduciendo a millones de personas por el camino de regreso a Dios. Él les ha dado vida nueva, digna y libre de la miseria en que vivían cuando estaban lejos de Dios. Cristo dijo sin rodeos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí" (Juan 14: 6).