HOJA SUELTA
Anécdota de Aeropuerto

Eduardo Soto

En una ocasión me confundieron con un narcotraficante. Ella era mujer policía, enorme como esos vetustos árboles de corotú, y me aferró por un brazo con su manaza humanoide para sacarme de la fila en el aeropuerto John F. Kennedy, de Nueva York. Me dijo de muy mala manera que abriera mis maletas, mientras me miraba desde unos ojos celestísimos (casi blancos), tan fríos y duros como el hielo que le debía correr por las venas. Hablaba golpeado y rápido, y en un inglés distinto al que me enseñó la profesora Eva Escala en el Instituto Bolívar hace más de 20 años.

Me dio mucha pena abrir el maletón ese, con ropa sucia de 15 días. El tufo de establo era irrespirable; pero ella insistía, cada vez más enojada cuando veía que yo no entendía ni jota. Abrí el equipaje después de una corta discusión, que incluyó de parte de la uniformada algunas palabras que yo traduje en uno que otro carajo contra mí. El mujerón metió las manos sin asco alguno y empezó a buscar la cocaína, que nunca encontró, por supuesto.

Después que se fue, sin ningún "sorry" de paso, me quedé solo rodeado de mis trapos viejos y con la ira cruda. Traté de entender -sin lograrlo- por qué sospecharon de mí y no de ningún otro pasajero de los que venían conmigo desde Seúl, en el otro lado del mundo. Es cierto que tenía facha de pendenciero y una barba denunciante, pero eso es ineludible después de 15 horas de vuelo, con las manecillas de reloj al revés, y con la espalda hecha un nudo por las patadas que desde el asiento de atrás me dieron cuatro niños coreanos que jugaron a la lucha libre durante todo el viaje.

Sea por aquello, o por mi feo pasaporte tercermundista de Panamá, esa mujer supo hacerme sentir como terrícola de segunda categoría, destinado al vagón de carga por el color oscuro de mi piel y mi nacionalidad.

Tenía que soportar el agua caliente del bochorno en pellejo propio, para convencerme de que es urgente que los panameños cambiemos de imagen ante el mundo. Y la oportunidad para empezar se presenta este año, cuando podríamos pasar de ser improductivos mantenidos de los gringos, a dueños y señores de los mercados mundiales; pero hay que hacerlo bien, sin política partidista de por medio, y sin contaminar el asunto con el amiguismo tarado ni el nepotismo. De cualquier forma, el asunto es urgentísimo, porque quiero volver por Nueva York para que esa mujer policía me cargue las maletas.

 

 

 

 

 



 

AYER GRAFICO
El Presidente Ricardo Manuel Arias Espinosa emite su voto en las elecciones de 1956-1960


CREO SER UN BUEN CIUDADANO
Sin embargo, no denuncio los abusos de los comerciantes


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