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Masacres

Alfonzo Zamora | Periodista

La masacre perpetrada por un estudiante universitario surcoreano en el Politécnico de Virginia, en los Estados Unidos, ha demostrado que el país más poderoso del mundo ha establecido una política de seguridad nacional para desbaratar posibles atentados terroristas sin tomar medidas precautorias en su propio territorio para contener la violencia contra sus propios ciudadanos.

La tragedia de Virginia se ha sumado a numerosas catástrofes de igual factura, en las que los agresores han arremetido contra lo que sus torcidas mentes han considerado la causa de sus angustias existenciales, el abuso del sistema.

No hace mucho, en febrero de este año, un refugiado bosnio de 18 años, llamado Suleimen Talovic, disparó su fusil contra una muchedumbre en el centro comercial Trolley Square, en Salt Lake City en UTA, matando a cinco personas. El homicida fue abatido por la policía.

Otro hecho estremecedor fue la acción homicida del reo Brian Nichols de 34 años,  quien era juzgado por violación en Atlanta, Georgia. El procesado le arrebató una pistola a un policía y dispara en el Palacio de Justicia dando muerte al juez del caso0,  a la secretaria judicial y a un policía.

Tal vez uno de los casos más conocidos ha sido el de la escuela secundaria de Columbine, en el condado de Jefferson en Colorado. Allí tuvo lugar la matanza del 20 de abril de 1999 cuando 12 estudiantes fueron asesinados por Eric Harris de 18 años y Dylan Klebold de 17.

Este tétrico resumen nos permite establecer que los Estados Unidos, a pesar de su guerra contra el terrorismo, no ha logrado hacer prácticamente nada para evitar las acciones violentas entre sus propios ciudadanos.

Una juventud disconforme, alienada, llena de dudas y temores, un buen día, ante la precisa provocación, la esperada, la requerida, oculta en su mochila un arma y la descarga contra quienes se crucen por su camino.

Sean estudiantes, trabajadores o profesionales, el sistema parece oprimirles hasta hacerles perder los estribos para después entregarse a la sórdida tarea de matar a sus conciudadanos, en tanto el país más poderoso de la tierra nada puede hacer para evitarlo, mientras destina miles de millones de dólares a la lucha contra el terrorismo.

Cada día crece un descontento, un motivo de desasosiego se gesta en el espíritu de alguien. El sistema le permite armarse, pero las leyes no tienen conciencia y son entes abstractos inútiles para detectar la malignidad dentro de sus propias estructuras. El enemigo no está en Afganistán o Irán, está dentro de sus fronteras.



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