Son las 7:00 de la mañana en las tierras altas de Chiriquí, se inicia el trabajo en el sector agrícola, apenas se escuchan los sonidos de las aves y algunos otros insectos que indican que el sol se asoma resplandeciente. Con jaba en mano, familias indígenas enteras empiezan su faena.
Aquí participan mujeres y hombres, al igual que algunos niños que por idiosincrasia forman parte del grupo de trabajo, pero que al momento de la paga, no figuran, ya que son los adultos los que la reciben.
TESTIMONIO
Germán tiene 14 años, está en sexto grado, y, al igual que muchos otros niños de su edad y menores, sabe lo que es el trabajo agrícola dentro de las fincas de café. El, como otros niños indígenas, han participado de esta ardua labor, y nos dijo que el trabajo es duro, pero a veces gratificante, porque en medio de la faena, comparte y juega con sus cinco hermanos.
Hoy está en la escuela y nos relató que su participación sólo ha sido durante la temporada de verano, cuando está de vacaciones, porque muchas personas le han dicho a sus padres que no deben llevarlo a las fincas, cuando está estudiando.
Algo apenado, como es común en ellos, nos relató su experiencia. Nos íbamos y a las 7:00 a.m. allá estábamos; cosechábamos hasta las cuatro de la tarde, sólo podíamos cosechar el grano maduro, nada más; el que está rojito, eso no los dijo el mandador.
Después de estar todo el día allá, venía el mandador para medir y pesar el café; por lata nos pagan B/.1.50 y en cada saco caben seis latas.
Yo cargaba seis latas en el día, pero el dinero se lo pagaban a mi “papa”, por semana.
Hoy sale a las 12:30 p.m. del colegio y en vez de irse a la finca, invierte sus fuerzas en jugar y hacer sus tareas dentro del Centro de Atención de Casa Esperanza, ubicado en el distrito de Boquete.
Allí está toda la tarde, hasta que el bus lo pase a buscar para llevarlo hasta la finca en donde vive con sus padres.
Germán es prácticamente un hombrecito, tiene un rostro duro y algo quemado por el sol, con estatura mediana y brazos fuertes, lo que constituye para muchos indígenas un factor o una “esmeralda en potencia” para invertir en el trabajo.
Esto, a diferencia de Germán, es lo que ocurre con muchos otros niños de esta etnia, que no han tenido la oportunidad de vivir su etapa de infante, jugando, aprendiendo y disfrutando todo lo que este hermoso periodo de la vida les ofrece.
Por años se ha cuestionado el hecho de que la educación para algunos miembros de esta etnia no es una prioridad, ya que por lo difícil de su condición económica, algunos ni siquiera llegan a pisar un aula escolar, más bien consideran el trabajo como un medio de vida que, conforme al tiempo, van haciendo suyo.
Pero esto no ha sido fácil, dijo la maestra Mónica Pitty, quien por más de dos años ha participado del programa, pues indicó que han tenido que afrontar situaciones difíciles, de niños que a avanzada edad no tenían los conocimientos básicos de educación (lectura y escritura).
REGULACION: TRABAJO INFANTIL
El trabajo infantil en Panamá antes de los 14 años, es una actividad prohibida, ya que viola los Derechos de los Niños.
LOGROS Y SATISFACCION
Hoy, al menos unos 500 niños, en su mayoría indígenas, han sido rescatados del grave problema generado por el trabajo infantil.
La satisfacción y los logros obtenidos han permitido la integración de 18 productores sólo en el programa socioeducativo, pero la cobertura se ha ampliado al poner en función los centros de atención permanente, en sectores como Boquete y dentro de la propia comarca Ngöbe Buglé.
Aún queda mucho por hacer para llegar a esos más de 47 mil niños que aún están distribuidos en todo el país dentro de este flagelo, llamado “trabajo infantil”.