Las antiguas homilías orientales escriben a propósito del Sábado Santo, que es día de luto inmenso, de silencio de plomo, de espera vigilante de la Resurrección. No se puede olvidar el Sábado Santo la figura de María, la discípula que conserva en su corazón las palabras del anciano Simeón, que le profetizó que Cristo sería signo de contradicción y una espada traspasaría el alma. También le indicaba que Jesús sería signo de resurrección. Lo que los discípulos habían olvidado, María lo conservaba en el corazón: la profecía de la resurrección al tercer día.
La celebración el sábado por la noche, es una Vigilia en honor del Señor, según una antiquísima tradición (Ex. 12, 42), de manera que los fieles, siguiendo la exhortación del Evangelio (Lc. 12, 35 ss), tengan encendidas las lámparas como los que aguardan a su Señor cuando vuelva, para que, al llegar, los encuentre en vela y los haga sentar a su mesa.
La celebración más solemne, escriben los teólogos, de todo el año cristiano y la liturgia cristiana no tiene un rito más solemne que la celebración del Sábado Santo.
La liturgia del Sábado Santo a media noche es, toda ella, una liturgia de bautismo- confirmación- eucaristía, de los recién convertidos al cristianismo. La noche del Sábado Santo nosotros celebramos la resurrección de Jesucristo y la esperanza cierta de nuestra resurrección.
Este mensaje de la iglesia debe ser escuchado por los devotos y practicar su contenido. En la noche de hoy cuando en las naves de la iglesia se cante ¡Gloria! para dar paso al Domingo de Resurrección, se cumplirá una etapa importante de la Semana Mayor y esperamos que el pueblo y los que gobiernan, hayan asimilado el mensaje de sacrificio que nos da el Señor en la Cruz.