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Milciades Ortíz | Catedrático

Sabía de niño cuando llegaba la Semana Santa, porque el canto de las cigarras o "totorrones" inundaba la calle primera Parque Lefevre. De inmediato con mi hermano Orlando comenzábamos una cacería de cigarras. Los ejemplares más grandes y cantoras las amarrábamos con un hilo de coser por la cabeza.

Luego salíamos por el barrio llevando a los bichos que volaban y cantaban. El espectáculo llamaba la atención de adultos y niños de la comunidad, lo que nos llenaba de orgullo.

Pero... también habían otras labores que hacer en esos días, que realmente no nos gustaban mucho.

Una de ellas era acompañar a la tía Elida de Lapadula a visitar siete iglesias en el centro de la ciudad.

Después de dos o tres templos, todos nos parecían iguales. Pero no podíamos romper la tradición. La tía nos agarraba duro las manos, para que no nos perdiéramos en la muchedumbre que cumplía todos los años ese rito.

Ya más grandecito tenía la "obligación" de llevar a la bonachona de la abuela Teresa al cine... Le fascinaban las películas religiosas, con temas de la Biblia y el maquillaje de Hollywood.

Muy atenta la anciana veía varias películas a colores sobre religión. Por lo general me gustaban las películas, así que no me quejaba. Donde protestábamos era ante la obligación que nos había impuesto nuestra madre de asistir a una procesión.

Incluso a mi hermano y a mí nos daba pena que nos vieran los amiguitos caminando en ese lugar.

Así que inventamos algunos relajos ("bromas") para distraernos durante la marcha y olvidarnos de los demás.

Uno de ellos era tratar de unir las faldas largas de niñas que iban adelante con alfileres "imperdibles". El asunto no era fácil de lograr.

Más sencillo fue pisar la falta de la niña que marchaba adelante para molestarla. A veces una sonrisa de complicidad nos indicaba que también la chiquilla no estaba a gusto.

La broma más pesada fue llenar con harina unos cascarones vacíos de huevo de gallina. Con mucho disimulo los tirábamos hacía atrás, para que golpeara y estallara en la cabeza de algún devoto.

Cuando mi madre se enteraba de las bromas, se persignaba y nos llamada la atención. Nos conversaba sobre los días Santos y la importancia que deben tener en la vida de todos, tanto adultos como niños. (Confieso que no siempre nos convencía...)



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