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Brian Montague, inglés de treinta años de edad, puso en marcha su pequeña avioneta. Carreteó por la pista hasta tomar velocidad y levantó vuelo. Cruzó países y fronteras, y aterrizó en Moscú. Iba en busca de Yelena Golius, una joven rusa de veintiocho años, que era la mujer de sus sueños.
Era el 13 de noviembre de 1938, cuando en Rusia aún gobernaba José Stalin, y todo el país estaba revuelto con la manía de espías y purgas violentas. Por intentar llegar a Rusia clandestinamente, a Montague le esperaba, como mínimo, encarcelamiento seguro.Stalin se enteró del suceso. Pero extrañamente, movido por quién sabe qué sentimiento, dijo: "El amor no conoce fronteras. Permitiré que salga con su novia, y que sean felices." Esta tierna historia la cuenta Lev Sheinin, escritor soviético. Sucedió muchos años atrás, y fue un momento excepcional en que la gracia y la misericordia actuaron en el antiguo gobierno soviético. Un hombre enamorado pudo rescatar a su amada y sacarla de Rusia para casarse con ella, en días en que un escape así representaba si no muerte, cuando menos encarcelamiento de por vida.
Es que cuando actúa la gracia, sus efectos son irresistibles. Cuando un condenado a muerte no espera más que el cumplimiento de la sentencia y se halla en su celda hundido en su desventura, ¿qué es lo único que lo puede salvar? La gracia de un indulto o conmutación.
Cuando un hombre, o una mujer, por debilidades humanas y causas oscuras, comete adulterio y se halla triste, derrotado, avergonzado y destruido, ¿qué es lo que lo puede salvar? La gracia del cónyuge, que le diga: "Te perdono. Olvidemos todo y rehagamos nuestra vida." La gracia no condena sino que concede el perdón. La gracia busca la amnistía y olvida la falta. Así es, exactamente, la gracia de Dios. Esa gracia divina se extiende a todo ser humano, y ese amor divino no condena sino que perdona.
La prueba más palpable de la gracia de Dios es la cruz del Calvario. "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). Cuando Dios nos extiende su gracia salvadora, no hay poder en el universo que pueda jamás condenarnos. Esa gracia es nuestra. Sólo tenemos que apropriarnos de ella, aceptando el sacrificio de Cristo en nuestro lugar y pidiéndole perdón de nuestras faltas. Tan pronto como lo hagamos, disfrutaremos de ese perdón que procede de su gracia. |