MENSAJE
Una sola ovejita
(Ia. Parte)
- Carlos Rey
¿Quién pudiera
imaginar que don Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis
servicios, poderoso para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese donde
quiera que le ocupase, se había de enconar, como suele decirse, "en
tomarme a mí una sola oveja que aún no poseía"?
Esta interrogación retórica aparece en el capítulo
27 de la primera parte del Quijote. Con ella Miguel de Cervantes alude a
la parábola del profeta Natán, situada en el epicentro de
una novela trágica del Antiguo Testamento.(1)
El relato novelesco que da pie a esa parábola se encuentra en
los capítulos 11 y 12 del segundo libro de Samuel. Es una historia
de lujuria, engaño y homicidio, de rico contra pobre, de poderoso
contra importante, de rey maquinador contra súbdito fiel. Resulta
que el rey David desde la azotea del palacio ve desnuda a su hermosa vecina
Betsabé mientras ella se está bañando. A esta mujer
casada el rey la desea con tanta pasión y lujuria que se acuesta
con ella mientras su esposo, el soldado Urías, se encuentra defendiendo
su país en el frente de batalla. Pero ella queda embarazada. Cuando
nace la criatura, fruto del adulterio, Dios el Señor hace que el
niño se enferme gravemente y muera a los siete días, no obstante
los ruegos y el ayuno de su arrepentido padre David.
A continuación David consuela a Betsabé, vuelve a acostarse
con ella y la deja embarazada una vez más. Esta vez da a luz un hijo
que vive y prospera muchos años. Para completar, la Biblia dice que
el Señor ama a este niño, y así se lo hace saber a
David por medio del profeta Natán. Por eso David, además del
nombre que ya le ha puesto, llama al niño: "Amado del Señor".
Por algo será que en el Salmo 51, que lleva por título:
"Salmo de David, cuando el profeta Natán fue a verlo por haber
cometido David adulterico con Betsabé", David comienza su conmovedora
confesión haciendo hincapié en lo grande que es el amor y
lo inmensa que es la bondad de Dios. Bajo semejantes circunstancias, Dios
perdona a David y permite que ese hijo, el fruto de su unión posterior
con Betsabé, sea el futuro rey de Israel. ¡Es que ese hijo
es nada menos que el sabio Salomón! Y sabemos que a Salomón
Dios no lo hace pagar directamente las consecuencias del pecado de su padre.
Por eso hoy podemos orar como el rey David: "Ten compasión de
mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad,
borra mis transgresiones".(2)
(1)Juan A. Monroy. La Biblia de Quijote, (Terrasa: Libros CLIE, 1979),
pp. 111-12. (2)Sal 51: 1.


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