La liturgia de este domingo, en consonancia con el tiempo litúrgico de Cuaresma que estamos viviendo, nos ofrece una cordial pero acuciante invitación a la conversión.
La voluntad de Dios es que seamos libres, y por eso ha querido enviarnos a su Hijo como liberador y redentor, para que fuéramos rescatados de la esclavitud del pecado y pudiéramos producir los frutos de santidad de nuestra nueva condición de salvados.
Las palabras del evangelio de este día, más que infundirnos angustia o temor ante las amenazas de ser cortados como la higuera estéril, nos motiva a confiar en la paciencia y bondad de nuestro Dios que nos da tiempo, aguardando nuestra respuesta de conversión y santidad.
Él es como el Viñador de la parábola que pide un año más de tiempo para limpiar y abonar en derredor de la higuera de modo que pueda producir los frutos esperados.
No debemos poner a prueba la paciencia de Dios, más bien agradecer y aprovechar su misericordia, corresponderle con actitudes de conversión para no ser arrancados y echados fuera del Reino, porque en todo caso sigue vigente su amonestación: "Si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera".
Este tiempo de Cuaresma es el tiempo propicio de la salvación, es el tiempo para aprovechar todo el cuidado que Dios tiene por nosotros (como el viñador con la higuera), para poderle producir frutos de justicia, de perdón, de paz, de reconciliación y santidad.