La calificación de aperreado o arrastrado otorgada a esos individuos ocultos tras el velo de la bondad, la mojigatería, la credulidad o la inocencia, no deja de alcanzar cuotas de significativa infalibilidad.
En el transcurso de nuestra vida he observado esta actitud en una gran cantidad de sujetos cuyo único propósito es alcanzar un éxito a costa de comprometer a otros y hasta atentar contra su estabilidad laboral y su salud emocional.
Podemos encontrarnos en diferentes sitios, desde los imprecisos límites del barrio hasta la cuadriculada atmósfera de la oficina, pasando por cualquier otro estamento donde pueda desempeñar con éxito su ponzoñosa inclinación por la destrucción.
Algunos se amparan en credos religiosos, cantan coros de alabanza, recomiendan actitudes, asumen posturas dignas de los más densos martirologios y se convierten en víctimas de quienes les descubren; otros son ejemplo de comportamientos limítrofes y funcionales cuya supuesta indefensión les hace ver como incapaces de cometer actos hostiles contra nadie.
Pero existen estos hipócritas, desmedidos y calculadores, solícitos empleados del veneno y de la discordia, capaces de despellejar con sutileza a quienes no representen beneficios para sus malsanas ambiciones.
Conocemos de sujetos tan abúlicos, sumisos, genuflexos, incapaces de despertar sospechas sobre sus actos, con sus manos embarradas de estiércol luego de destrozar los intereses ajenos.
Sin embargo, nada puede hacerse contra esta fauna inmisericorde, en creciente aumento, capaz de fusilar sin el menor asco a cualquiera y luego caminar por esas calles de Dios, embelesados en su pútrida victoria, homenajeados por quienes le otorgan el título honorífico de buenas personas.