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Sin embargo, no tengo palabra de honor

Redacción | Crítica en Línea

Una persona que hace lo que pregona que hará, es una persona de honor; alguien confiable. Alguien que merece que se ponga las manos en el fuego por ellas.

La palabra de honor no sólo sirve para los apostadores. Esto nos hace respetables ante la sociedad en todos los sentidos.

Lamentablemente, en el marco de la cultura del juega vivo en Panamá, la palabra de honor es como encontrar la clásica "aguja en el pajar".

El caso más patético de la falta de palabra es el de la clase política en este y muchos otros países. El tema de fondo cuando se habla de la honorabilidad de presidentes, alcaldes, gobernadores y todo tipo de altos funcionarios elegidos por el voto popular es de las benditas " promesas incumplidas".

Pero cuando se trata de incumplir compromisos, los políticos saben a quiénes dejar embarcados. Si se trata de compromisos adquiridos con sus donantes de campaña, estos son irrompibles, y siempre tratan de ver cómo los cumplen, sin importar el bien común.

Si un compromiso con el pueblo choca con un compromiso adquirido con un poderoso donante, ya sabemos quién va a salir siempre perjudicado.

Pero como dice el refrán, los panameños "tenemos los gobernantes que nos merecemos". ¿Y por qué nos los merecemos? Porque no presionamos a nuestros gobernantes para que cumplan lo que prometieron.

Si a quien no le cumplimos no se queja, uno piensa que puede siempre salirse con la suya. Así que la falta de cumplimiento de los compromisos tiene doble responsabilidad: del que no cumple y del que no reclama.



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