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Nuestra vanidad

Por: Fermín Agudo A. | Colaborador

En la persecución del mito, embebecido como un alucinado, presumo cautelar la tentación antes de ser repelido hacia donde el sol se calla. Sí, porque en las tinieblas, mis pupilas pierden vitalidad y puedo ser persuadido por el método peligroso del ensayo y error. Cada segundo que pasa nace un audaz en este mundo, separado de las impecables cualidades que les son afines al hombre grato, cortés y fiel con su género, viviendo el desbocamiento absoluto que daña y destruye la vida espiritual de las personas. ¿Cada vez que alguien comete un peculado, a cuántos niños se les priva de asistir a la escuela y cuántos nos quedamos sin el oportuno mendrugo?. Pero ellos desconocen que en la puerta de la otra vida al reportarse frente al verdugo siniestro, ya les tendrá su lugar destinado en los abismos de agonía perdurable. Ya los hábitos ilustres que permeaban en el quehacer de los hombres de antaño, perdido han sido y el rencor los lanza con urgencia al estercolero pútrido de la perdición insaciable. Ah, mundo del engaño y la falacia, qué haz hecho de la verdad. La puritana dignidad, manteniendo el legado en la legítima aquiescencia del individuo, hurtada ha sido por el pájaro agorero de oscuro plumaje que vuela pertinaz, llevándose el precioso documento, yéndose a refugiar a la sombra de la cueva tétrica e inexpugnable en completo mimetismo con las tinieblas estremecedoras. Los guerreros del imperio de la mentira, han destruido a los guerreros del imperio de la verdad, es por ello que ya he perdido la credulidad, razonamiento que es altamente vergonzoso en un país que persigue la libertad. Yo jamás he podido mentir, mis padres y mi tiempo me lo prohibieron terminantemente. Son muchas las razones de argumentos sostenidos que me llevan a no creer en nadie, y, a mantener prisioneras mis propias convicciones invencibles, vacías de ditirambos elogiosos. Existen tres condiciones que sirven de nutrientes como requisito: la ignorancia, la pobreza y el jolgorio, para que los juega vivos estén de pláceme como pez en el agua. Voy a dejar este artículo amparado por una pregunta para los pensadores. ¿Qué hacemos con un país envuelto en una atmósfera de peligros?



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