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MENSAJE
Confesión
primero, pecado después
El sacerdote
Gastón Dufaur, de Quebec, Canadá, terminó
su última misa vespertina y se dispuso a cerrar la iglesia.
Pero dos hombres jóvenes, bien vestidos, le pidieron que
los confesara. Y ahí vertieron en los oídos del
párroco todas sus fechorías.
No bien habían terminado su confesión, hicieron
lo insólito. Apuntaron pistolas al pecho del sacerdote
y le pidieron todo el dinero de la colecta. El párroco
les habló del pecado de robar, especialmente en una iglesia,
a lo que ellos respondieron: «Ya nos hemos confesado, Padre,
así que dénos el dinero.» Se llevaron casi
setecientos dólares en moneda canadiense.
La confesión tiene como regla evidente que primero
se peca, luego se confiesa. Y tan arraigado está ese concepto
que hay quienes creen que se puede pecar todo lo que se quiera
siempre y cuando al pecado lo siga la confesión. Esto,
por supuesto, revela una crasa hipocresía religiosa.
Sin embargo, estos dos jóvenes llevaron el mal todavía
un poco más allá. Primero se confesaron, como quien
compra anticipadamente su perdón, para después
robar. Nos recuerda, aunque algo fuera de contexto, una interrogación
retórica del apóstol Pablo: «¿Vamos
a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?» (Romanos
6:1).
Es cierto que Dios ordena en la Biblia hacer confesión
de los pecados. Incluso hubo veces que por ocultar el pecado
y no confesarlo, terribles castigos cayeron sobre el pueblo de
Israel. Hay varios casos bíblicos en que individuos sufrieron
la pena capital por ocultar su pecado y no confesarlo.
No obstante, algo interesante ocurrió con el advenimiento
de lo que habría de llamarse el Nuevo Testamento. Jesucristo
tomó sobre sí, en la cruz del Calvario, el pecado
de toda la humanidad. Tenemos que arrepentirnos, pero existe
hoy un sacrificio, ya ofrecido, para la expiación de esos
pecados. Las palabras de Jesús confirman esta gran verdad.
Él dijo que no vino para que le sirvieran, «sino
para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo
20:28).
De nada nos sirve tomar a la ligera la liturgia de la confesión.
Incluso pueda que más condenación recibamos. Pero
algo sí podemos hacer. Es, en humilde contrición,
pedirle a Cristo que nos perdone nuestros pecados, y prometerle
rendirnos a su señorío todos los días de
nuestra vida. Esa es la confesión que de veras vale. Lo
que debemos decirle a Jesucristo es: «¡Ten compasión
de mí, que soy pecador!» (Lucas 18:13).
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