¡Delicioso!. ¡Esto es riquísimo!...una de las cosas más ricas de la vida. No puedes dejar de disfrutarlo.
Algo tan simple y refrescante como un helado no se puede olvidar. Grandes y chicos lo disfrutan como si fuera lo más novedoso de este mundo cada vez que se puede.
Sin embargo, ¿cuántas cosas sencillas como estas se dejan de gozar? Simplemente porque nuestras vidas diarias están sujetas a una agenda de obligaciones permanentes, en donde no incluimos un pequeño espacio para regalarnos un simple momento.
La otra tarde en que tomada de la mano con mi esposo, contemplábamos en un parque el bailoteo de las hojas al moverlas el viento y los juguetones pajaritos ir tan alegres de rama en rama, nos pusimos a pensar en la diferencia que hay con el bullicioso y desesperado movimiento de la ciudad. Simple, no existe el tiempo para las cosas simples.
Si cada quien hace una lista de las cosas simples que se dejan de vivir, quedarán sorprendidos. Descubriremos que la felicidad puede estar en terminar de leer ese libro que nos obsequiaron en Navidad y que tanto queríamos tener. En hacer turismo interno por nuestra barriada para conocer el nuevo parque o volar cometas desde el cerro atrás de la casa.
Con esto no quiero decir que para saborear la sencillez de la vida, se convierta en un simple vago sin responsabilidad alguna. Sólo me refiero a que comience a gustarle su existencia a través de las cosas simples que ya no hace: pedalear una bicicleta, mirar un atardecer, comerse unas galletas, caminar tranquilo mientras admira el paisaje, tomarse un café con leche, en fin. Tantas cosas simples para deleitarse como su imaginación permita, sin gastar mucho. Maravíllese, ¡muchas son gratis!
Se trata de refrescar el alma. Fortalecer su espíritu y continuar su recorrido por este mundo. Recuperar su vigor para mejorar su relación con su propia vida.