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Corazón vivo en cuerpo muerto

Por: Hermano Pablo | Reverendo

Blaine Wixon descansaba en su cama de hospital. Hacía días que estaba esperando un corazón nuevo para reemplazar el suyo, inservible por una falla funcional. En eso le anunciaron que había posibilidad de conseguirle un nuevo corazón.

Samuel Moore, un joven de veintitrés años de edad, acababa de morir de un balazo en la cabeza. Su cerebro estaba destrozado por la bala, pero el resto de su cuerpo estaba completamente sano. En él estaba el corazón que necesitaba Blaine.

Sin embargo, había que preparar al paciente para la delicada operación, y eso requería por lo menos veinticuatro horas. Se hizo una prueba con el cerebro del joven muerto, y se halló que estaba realmente muerto. Su cerebro no emitía ninguna señal eléctrica. Por lo tanto, no hubo dificultad en firmar el certificado de defunción. Pero era necesario conservar ese corazón vivo durante veinticuatro horas.

Para lograrlo mantuvieron el cuerpo de Samuel caliente como si estuviera vivo. Conectaron su corazón a una máquina eléctrica que lo mantuvo funcionando. La sangre siguió circulando por ese cuerpo que era en verdad un cadáver. Algunas funciones fisiológicas, tales como las producidas por el hígado, el estómago y los riñones, siguieron su curso normal. Pero el joven estaba muerto, bien muerto, aunque su corazón seguía latiendo solitario en medio de esa tumba de carne que era el cuerpo por cuyas venas había bombeado sangre durante veintitrés años.

He aquí otra maravilla de la técnica quirúrgica moderna. Pero debiera producirnos una profunda preocupación espiritual. ¿Cuántas personas hay en este mundo que tienen un corazón sano que late, un cerebro activo y vivaz, y que sin embargo viven muertas espiritualmente? Es que la vida del hombre no es solamente la vida psicosomática, la vida del cuerpo en combinación con el alma, la vida de los órganos y los sentidos. La vida principal del hombre es espiritual. La Biblia enseña que si no hay espíritu en el hombre, entonces éste está muerto en sus delitos y pecados. Sólo Cristo puede dar vida verdadera. Además de la vida psicosomática, necesitamos esa vida verdadera —la vida eterna, la vida espiritual— que Cristo, sólo Cristo, puede darnos.



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