A medida que avanza el siglo XXI, la democracia - sistema de gobierno por el cual el pueblo elige a sus gobernantes en elecciones regulares, libres, imparciales y competitivas - ha resultado ser el régimen preferido de las naciones del mundo. Este hecho no significa que la historia haya terminado, que por algún proceso constante e inexorable todos los países adoptarán, tarde o temprano, la democracia, o que los intelectuales contemporáneos hayan descubierto por fin un modelo definitivo y verdadero del buen gobierno.
Lo que sí significa es que con frecuencia cada vez mayor, cuando a la gente se le ofrece una opción prefiere tener voz en la forma en que se la gobierna; quiere que quienes desempeñen cargos políticos rindan cuentas por sus acciones; quiere leyes fundadas en la persuasión, en lugar de leyes impuestas por la violencia; y quiere que el gobierno proteja las libertades individuales y garantice la igualdad ante la ley.
Hoy día, la mayoría de los estados son democráticos y sus cifras van en aumento. En efecto, tras la Segunda Guerra Mundial y sobre todo en los últimos treinta años el movimiento hacia la democracia ha sido, sin duda, asombroso.
En 1950 había aproximadamente 20 democracias entre los 80 estados soberanos del mundo. En 1974 se podía denominar democráticos a unos 40 países entre los 150 países del mundo. Desde entonces, gracias en buena parte a la caída del Muro de Berlín, la disolución pacífica de la Unión Soviética y el fin del enfrentamiento entre Oriente y Occidente con la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría, la democracia se ha propagado por Europa Oriental, Asia, América del Sur y África. El número total de democracias se ha triplicado en los últimos 30 años. Según Freedom House, existen hoy alrededor de 120 democracias, o sea, las dos terceras partes de los 193 estados del mundo.