Una de las noticias más trascendentes del ámbito nacional ha sido la que destaca el alto índice de fracasos de los estudiantes de los diferentes niveles de enseñanza, sin adicionar los estrepitosos descalabros de los alumnos de primer ingreso reportados todos los años por la Universidad de Panamá.
Según información oficial del Ministerio de Educación, el año pasado un 40% de los estudiantes de primaria no aprobaron el año lectivo correspondiente; asimismo, se hizo público que un 70 por ciento del primer ciclo habían fracasado, en tanto que un 30% del segundo vieron frustrados sus esfuerzos y el de sus padres.
Estas sombrías cifras de la educación panameña casi no son comentadas por la opinión pública, sobre todo cuando durante el pasado año académico se llevó a cabo una prolongada huelga de educadores que, por supuesto, causó negativos efectos en el desenvolvimiento de los alumnos, ya que no se pudo reponer el tiempo perdido porque, en opinión de los voceros del movimiento magisterial, no existe tradición de impartir clases los días sábados.
Todos sabemos que el sistema de educación nacional tiene como base la repetición continua como fórmula para desarrollar el proceso de aprendizaje.
Pero parece ser que a nadie le ha importado los terribles resultados porque como siempre se le ha exigido cuentas al gobierno y se ha olvidado la responsabilidad de los gremios educativos que prestan sus servicios al Estado.
Es cierto que no todo depende de los educadores, pero lo cierto es que la forma de evaluar en Panamá los resultados del proceso de aprendizaje se fundamenta en créditos y no en la calidad del servicio ofrecido por los profesionales de la educación; de esto se podría estar derivando un resultado ineficiente.
Tampoco puede desconocerse la crisis existente en el núcleo de la familia, donde debe iniciarse el apoyo incondicional a los jóvenes estudiantes por parte de sus padres. Por otra parte, es importante tener un alto presupuesto para la educación, pero también lo es la excelencia del sistema.
Lo que ocurre a nuestra juventud estudiosa es trágico. Los resultados desmoralizan a cualquiera y más aún porque las propuestas del Ministerio de Educación, de los gremios y de los padres de familia parecen no lograr ningún resultado favorable.
De nada nos servirán los procesos de apertura, los tratados de libre comercio, la ampliación del Canal, el desarrollo del turismo, la agroexportación y todas las expectativas de un venturoso futuro para el país, si nuestra actual generación no se encuentra preparada para enfrentar estos retos. Los inversionistas extranjeros, más que preocuparse por la apertura de un país, se preguntan casi siempre por el nivel de desarrollo y las aptitudes del recurso humano.